Un momento ideal en la historia

Un ensayo sobre esperanza, o de por qué el océano es importante para todos, en todas partes


Inmaculados arrecifes de coral como éste en Fiyi infunden esperanza y optimismo en los buzos. A pesar de las amenazas de la pesca excesiva, el calentamiento global y la acidificación del océano, nuestros océanos tienen la capacidad de prosperar.

A mediados de la década de mi nacimiento, la década de 1930, los 2 mil millones de personas que habitaban la Tierra estaban a punto de entrar en una era de prosperidad sin precedentes. A pesar de las abrumadoras guerras y enfermedades que se cobraron las vidas de millones de personas, la recuperación económica que tuvo lugar como consecuencia de la Gran Depresión y dos guerras mundiales, la población se duplicó en menos de medio siglo y alcanzó los 4 millones para 1980. Con casi 7 mil millones de personas que actualmente viven en la Tierra y un pronóstico de 2 mil millones más para mediados de este siglo, nuestro crecimiento como especie puede parecer ilimitado.

Pero este crecimiento no es gratuito. Aproximadamente la mitad de los bosques originales del mundo han sido consumidos, la mayoría de ellos desde 1950. El noventa por ciento de todos los peces salvajes grandes (y también muchos de los pequeños) ha desaparecido de los océanos como resultado de una pesca industrial con resultados devastadores. Ecosistemas enteros con sus plantas y animales distintivos se han extinguido, tanto en el entorno terrestre como en el submarino. Sólo en tiempos de grandes catástrofes naturales, como por ejemplo cuando los cometas o meteoros colisionaron con nuestro planeta, el camino hacia el futuro se ha visto alterado de manera tan rápida y dramática. Nunca antes las acciones de una sola especie habían provocado cambios tan profundos.
Un legado de abundancia

Sylvia Earle en 2010
En 1953, viví la experiencia de respirar bajo el agua por primera vez como una joven científica, y me sorprendí con la claridad del océano y la riqueza y diversidad de la vida durante los viajes que realicé a los Cayos de la Florida. Caracolas rosadas se abrían camino a través de praderas de pastos marinos y bancos de coloridos peces llenaban las ramas de corales asta de alce y cuerno de ciervo. Las antenas largas y puntiagudas develaban la presencia de langostas debajo de las salientes y entre las grietas, y meros estriados con elegantes rayas y una curiosidad incontenible me siguieron en la mayoría de mis buceos y probablemente hubieran continuado hasta la playa si no hubiera sido por las limitaciones que presentaban las aletas y las branquias.

Seis décadas más tarde, pude observar la diferencia. A nivel mundial, alrededor de la mitad de los arrecifes de coral que existían cuando era una niña han desaparecido o se encuentran en un estado de grave deterioro. Las aguas de los arrecifes donde realicé algunos de mis primeros buceos no son tan claras como las recodaba. Los grandes bosques de corales ramificados han desaparecido en su gran mayoría. Las caracolas de color rosado y los meros estriados son prácticamente recuerdos, y los pocos que quedan están protegidos en aguas de los Estados Unidos dada su rareza.

Si se tiene cuidado, existe una posibilidad de recuperar estas y muchas otras especies, pero algunas pérdidas son irrecuperables. No tuve la oportunidad de conocer, por ejemplo, uno de los animales más carismáticos de Florida, la foca monje del Caribe, una juguetona criatura del tamaño de un San Bernardo que en una época se apoltronaba en las playas de toda la región, a veces incluso hacia el norte, en Galveston, Texas. En 1952 se avistó una por última vez. En la actualidad, la especie está considerada oficialmente como una especie extinguida.
El mundo submarino
Nuestra exploración del océano también ha aumentado considerablemente a lo largo de estas seis décadas. Hasta fines de la década de 1970, se desconocía la existencia de fuentes hidrotermales en aguas profundas que expulsaban agua caliente, minerales y microbios. Estas fuentes albergan complejas comunidades de criaturas, incluso un reino de microbios desconocido anteriormente que sintetizan alimentos ante la ausencia de luz solar y fotosíntesis. Nadie tuvo acceso a las profundidades del mar hasta 1960, cuando dos hombres descendieron a unos 10.900 metros (35.797 pies) (una profundidad igual a la de ocho Montes Everest) en el batiscafo Trieste para dar un pequeño vistazo al punto más profundo de la Tierra, el abismo de Challenger, en la Fosa de las Marianas, cerca de Guam. Nadie regresó a esas profundidades hasta marzo de 2012, cuando el explorador y director de cine canadiense James Cameron se aventuró a descender allí en su submarino personal con capacidad para una sola persona.


Actualmente, Google Earth también permite explorar el océano.

Las tecnologías que permitieron a los seres humanos viajar a la luna y enviar robots a Marte nos han brindado una vista a distancia de la Tierra de importancia fundamental: una joya viviente de color azul en un vasto universo de planetas y estrellas inalcanzables e inhabitables suspendida en un aparente vacío. Hoy en día, un niño de 10 años de edad puede ver Google Earth en un teléfono celular, una tableta electrónica o una computadora, acercar la imagen desde el espacio hasta su propio patio trasero, volar por el Gran Cañón y, desde 2009, bucear en "Google Ocean" para explorar indirectamente las profundidades del mar.


La Gran Barrera de Coral es tan inmensa que puede verse desde el espacio.
Nuevos métodos para reunir, conectar, evaluar y comunicar datos, para medir los cambios que se producen con el tiempo y para predecir resultados futuros según los conocimientos que ninguna otra especie tiene la capacidad de adquirir son todas causas que nos dan esperanza. Pero estos beneficios deben abordarse con una buena dosis de precaución. Incluso ahora, con todos los avances que tenemos, sólo se ha visto menos del 5 por ciento del océano, y un porcentaje aún menor se ha explorado o cartografiado con la misma precisión y los detalles que hay disponibles para la luna, Marte o Júpiter.

La gran ecologista Rachel Carson, que resumió lo que se sabía acerca de la parte azul del planeta en su libro de 1951, The Sea Around Us (El mar que nos rodea), no tenía conocimiento de que los continentes se mueven a un ritmo geológico majestuoso, o que las más grandes cadenas montañosas, los valles más profundos, las planicies más extensas y la mayoría de la vida en la Tierra se encuentran en el océano.

"Finalmente, el hombre… encontró el camino de regreso al mar", escribió. "E incluso ha regresado a su madre, el mar, bajo sus términos. No puede controlar ni cambiar el océano ya que, durante su breve arrendamiento de tierra, ha dominado y saqueado los continentes". Durante su vida (1907 a 1964), Carson no tuvo conocimiento, o no tuvo la posibilidad de hacerlo, sobre el descubrimiento más importante en relación con el océano: no es tan grande como para fracasar.
Un momento ideal
Hace cincuenta años, no podíamos ver los límites respecto a lo que podíamos colocar en el océano o sacar de él. Dentro de cincuenta años, será demasiado tarde para llevar a cabo lo que es posible hacer en la actualidad. Nos encontramos en un "momento ideal" en la historia. Nunca habrá un mejor momento para tomar medidas que puedan garantizar la existencia de un lugar perdurable para nosotros dentro de los sistemas vivos que nos mantienen. Estamos transitando un punto crucial sin precedentes de la historia en el que las decisiones que tomemos en los próximos 10 años determinarán la dirección de los próximos 10.000.

"Si pudiéramos elegir un momento en la historia, sería ahora. Si pudiéramos elegir un lugar, sería aquí", canta suavemente el cantautor Jackson Browne en una armoniosa melodía que compuso en 2010. ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? ¿Dónde elegiría estar, si se le diera el poder de ir al futuro o volver décadas, siglos o incluso millones o miles de millones de años atrás desde nuestro "aquí" en la Tierra y nuestro "ahora" en el siglo XXI?

Algunas personas pueden decir "en cualquier parte menos aquí y ahora". En el mundo actual las guerras se propagan y la pobreza y el hambre acechan a millones de personas. La economía global atraviesa graves problemas y las enfermedades se proliferan. La estructura natural de la vida en la Tierra está destrozada, y sus consecuencias amenazan nuestra existencia.

Los seres humanos dan por hecho que el mundo es azul, está cubierto por un océano que alberga la mayor parte de la vida en el planeta, contiene el 97 por ciento del agua, determina el tiempo y el clima, estabiliza la temperatura, genera la mayoría del oxígeno de la atmósfera, absorbe gran parte del dióxido de carbono y por lo demás tiende a mantener el planeta estable. Esto convierte nuestro planeta en un lugar amigable en un universo de opciones inhóspitas.

Gracias a los más de 2 mil millones de años de actividad fotosintética microbiana que tuvo lugar en el mar y los varios cientos de millones de años de fotosíntesis en la tierra, la atmósfera terrestre ahora es la apropiada para los seres humanos: apenas un 21 por ciento de oxígeno, un 79 por ciento de nitrógeno y gases traza que incluyen una cantidad suficiente de dióxido de carbono para impulsar la fotosíntesis y, por consiguiente, la producción continua de oxígeno y alimento. Un grupo de bacterias de color verde azulado que viven en el mar que no llaman la atención pero que son extremadamente abundantes, conocidas como Prochlorococcus, producen el 20 por ciento del oxígeno de la atmósfera y hacen posible una de cinco de nuestras respiraciones. Junto con otras especies planctónicas al igual que pastos marinos, mangles, quelpos y miles de otros tipos de algas, los organismos marinos son los que hacen el trabajo pesado desde el punto de vista de la captación de dióxido de carbono y agua a través de la fotosíntesis, y así generan el azúcar que impulsa las cadenas alimentarias del océano y producen oxígeno atmosférico en el proceso. El 70 por ciento del aire que respiramos es producido por criaturas marinas.

Dos amigos míos, Nancy Knowlton, Ph.D., y Jeremy Jackson, Ph.D., ambos científicos marinos sumamente respetados, son conocidos afectuosamente como Doctors Doom and Gloom (Doctores "Destrucción" y "Penumbra"), y por buenas razones. Son muy observadores, y han sido testigos y han documentado un deterioro rápido y brusco en los ecosistemas marinos del mundo. Es probable que algunas especies que en el pasado eran comunes se extingan en breve sin importar qué hagamos nosotros para impedirlo. Las regiones costeras de todo el mundo están plagadas de cientos de "zonas muertas", que en su mayor parte son el resultado de la polución reciente que tiene lugar en el entorno terrestre. Enormes "parches de basura" repletos de plástico cubren el mar; algunos de ellos se hunden en las profundidades, otros desembarcan en la costa en grandes hileras y todos ellos están destinados a ser una prueba permanente de nuestra inconsciencia.


En el pasado, los vastos campos de coral cuerno de alce (Acropora palmata) como éste eran algo común en los Cayos de la Florida.

Existen muchos motivos para desesperarse, pero yo lo veo de otro modo: la mitad de los arrecifes de coral del planeta aún están en buenas condiciones. El diez por ciento de los tiburones, peces espada, atunes azules, meros, pargos, lenguados (halibuts) y salmones salvajes aún nadan en las aguas. Lo mejor de todo es que hay una conciencia generalizada de que la protección de la naturaleza no es un lujo, sino que es la clave de la prosperidad del pasado, el presente y el futuro. Tal vez seamos la peor pesadilla del planeta, pero también somos su mayor esperanza.
Una reconciliación con la naturaleza

El pez Napoleón es objeto de sobrepesca solamente por el supuesto valor de sus labios.
A principios del siglo XX, el presidente Theodore Roosevelt era una de las personas que dirigía un movimiento para proteger áreas naturales, cuencas hidrográficas, paisajes y lugares de interés cultural e histórico como los Parques Nacionales, un concepto que Ken Burns denominó "America's best idea" ("La mejor idea de los Estados Unidos"). Otros países siguieron el ejemplo y casi todos adoptaron el concepto, y actualmente las áreas protegidas abarcan aproximadamente el 14 por ciento de la superficie terrestre total del planeta. En el presente, menos del 2 por ciento del océano está protegido, pero eso puede cambiar pronto.

En el pasado, el océano no requería políticas específicas para estar protegido de las acciones de los seres humanos. Las regiones polares y las profundidades del océano estaban protegidas porque eran inaccesibles, y regresar al mismo lugar en el mar era más un arte que una cuestión científica hasta que las tecnologías recientes hicieron posible la navegación precisa. Los conocimientos exhaustivos sobre corrientes, mareas y temperaturas junto con el pronóstico del clima y las funciones avanzadas de comunicación permiten que todas las partes del océano sean más seguras que nunca para el transporte, la pesca, la minería, la búsqueda y la recuperación de barcos perdidos y mucho más. Las mismas tecnologías sofisticadas que se utilizan para acceder al espacio exterior se están aplicando para explotar el espacio interno profundo del océano para obtener petróleo, gas, minerales y vida marina. También se están produciendo cambios en las políticas sobre gestión de los océanos. Históricamente, los límites y derechos de propiedad, y por consiguiente la protección, eran más fáciles de establecer y administrar en el entorno terrestre que en el mar.

Hasta bien entrado el siglo XX, los países reclamaban su jurisdicción sobre el océano desde la costa hasta sólo tres millas náuticas de ella, lo que representaba el alcance de un disparo de cañón en el siglo XVII. En 1609, el jurista holandés Hugo Grotius desarrolló el ampliamente adoptado concepto de "libertad de los mares" en aguas internacionales como "la herencia común de la humanidad", mediante el que la navegación pacífica y el acceso a peces, minerales y otros activos estaría libremente disponible para todos. Incluso en la actualidad, casi la mitad de la Tierra, el "mar abierto", se considera en gran medida patrimonio común de la humanidad no regulado y que es utilizado por todos y no es protegido por nadie.

A mediados de la década de 1970, Australia estableció la Autoridad del Parque Marino de la Gran Barrera de Coral (Great Barrier Reef Marine Park Authority) y los Estados Unidos le otorgaron la condición de santuario al naufragio histórico del Monitor, la primera de más de 5.000 áreas del océano que desde entonces se han designado en todo el mundo. La mayoría de ellas son pequeñas con sólo una diminuta fracción del 1 por ciento de las aguas de todo el planeta que se han apartado para la protección de la vida marina. Esto está muy lejos del objetivo del 30 por ciento que se suponía debíamos alcanzar en 2012, una meta definida por el Congreso Mundial de Parques (World Parks Congress) en Durban, Sudáfrica, en 2003. Obviamente, no es suficiente mantener las funciones vitales que el océano ofrece: los mecanismos de soporte de vida básico que hasta ahora hemos subestimado.

En 2009, después de recibir un Premio TED (TED Prize), USD 100.000 y la posibilidad de pedir un deseo lo suficientemente importante como para "cambiar el mundo", mi sugerencia fue la siguiente: "desearía que utilizaran todos los medios que estén a su disposición (películas, expediciones, la Web, nuevos submarinos) para crear una campaña que impulsara el respaldo público para crear una red global de áreas marinas protegidas, "puntos de esperanza", lo suficientemente grandes como para salvar y recuperar el océano, el corazón azul del planeta. Pero, ¿cuánto es lo suficientemente grande? Algunos dicen que el 10 por ciento, otros que el 30. Usted decide: ¿cuánto de su corazón desea proteger? Cualquiera sea el número, una fracción del 1 por ciento no es suficiente".

A la velocidad que hemos avanzado, ya casi habrá llegado el final del siglo antes de que podamos alcanzar el objetivo del 30 por ciento establecido por el Congreso Mundial de Parques. De todas formas, hay una conciencia cada vez mayor de que nuestro destino y el del océano están estrechamente vinculados. Si el océano está en problemas, también lo estaremos nosotros. Y el océano está en problemas y, por consiguiente, nosotros también.


Un aumento de la conciencia

Las poblaciones de tiburones saludables tienen un valor muy superior al de la humanidad (desde el punto de vista de los ingresos por turismo y la estabilización de los ecosistemas) que los tiburones muertos.

Pero hay motivos para ser optimistas. Una conferencia mundial que se celebró en Dubai en diciembre de 2011 centro la atención en el "carbono azul", y se reconoció así el importante rol del océano en la captación de dióxido de carbono del aire y la necesidad urgente de contar con una mayor protección del océano a nivel mundial. El Foro Económico Mundial (World Economic Forum) que tuvo lugar en Davos en 2012 por primera vez dedicó varias sesiones importantes a problemas críticos relacionados con el océano, y apenas un poco después la publicación británica The Economist (El economista) patrocinó la Cumbre Mundial de los Océanos (World Oceans Summit) en Singapur, que reunió a los líderes de la industria, ciencia, tecnología y conservación para debatir sobre las conexiones existentes entre la prosperidad humana y los sistemas oceánicos saludables.

Los problemas relacionados con el océano estaban en el orden del día de los 170 líderes que se reunieron en la conferencia de las Naciones Unidas "Río+20" que se celebró en Río de Janeiro en junio de 2012, pero uno de los temas más urgentes, un plan para la gestión del "mar abierto" (el vaso patrimonio azul común de la humanidad), se pospuso durante dos años. Como dijo Ghislaine Maxwell, fundador de TerraMar Project (Proyecto TerraMar): "el mar abierto no le pertenece a nadie y a la vez nos pertenece a todos".

Docenas de científicos trabajaron juntos para producir un informe aleccionador, Ocean Health Index (Índice de Salud del Océano), que fue publicado en el verano boreal de 2012; este informe ofrece un sistema completo de medición y supervisión de la condición de las aguas costeras del mundo, país por país. Temas tales como sector pesquero, turismo, biodiversidad, almacenamiento de carbón y bienestar económico fueron considerados en el informe. El puntaje global, 60 en una escala de 0 a 100, es un motivo para albergar esperanzas pero demuestra una necesidad urgente de que se produzcan mejoras.

Desde 2009, cuando pedí mi deseo gracias al Premio TED, varios países han demostrado una actitud de liderazgo al incrementar el cuidado del océano. La pauta fue establecida en 2006 por dos presidentes: George W. Bush, que designó importantes áreas en las islas del noroeste de Hawái y el Pacífico Occidental, y Anote Tong, líder de la República de Kiribati, una isla del Pacífico, que declaró la protección ese año y en 2008 de unos 409.000 km cuadrados (158.000 millas cuadradas) de océano alrededor de los 33 atolones e islas del país. Otro país insular, el Reino Unido, continuó en 2010 con lo que actualmente se considera la reserva marina completamente protegida más grande del mundo: unos 585.000 km cuadrados (225.810 millas cuadradas) alrededor del Archipiélago de Chagos en el Océano Índico. En noviembre de 2012, Australia creó una red de reservas marinas que cubría 2.300.000 km cuadrados (888.035 millas cuadradas) de mar y aumentó el área total de océano protegido de Australia a unos 3.108.000 km cuadrados (1.200.000 millas cuadradas).

Pequeños países insulares, incluso Fiyi, Palaos, Islas Marshall, Islas Gilbert, las Maldivas, Seychelles, las Bahamas, Dominica, República Dominicana y docenas de otros países, se han convertido repentinamente en "grandes países del océano", con importantes voces en la política de gestión de los océanos. Algunos de ellos se han alineado con los intereses japoneses en la caza continua de ballenas, y muchos han vendido licencias para tomar pescado y minerales por dinero y ayuda económica. Pero hay una conciencia aún mayor de que la protección puede producir beneficios financieros y sociales cada vez mayores y más duraderos que la explotación tradicional.

En agosto de 2012, presencié la 43ma reunión anual de líderes de 16 países insulares del Pacífico en las Islas Cook para debatir temas de interés común, incluso el aumento del nivel del mar, la disminución de las poblaciones de peces y la dependencia cada vez mayor de los combustibles fósiles importados y los ingresos por turismo. Las Islas Cook tienen una población de 20.000 habitantes que viven en 15 islas que en total tienen una superficie apenas mayor que la de Washington, D.C. No obstante, su masa oceánica ocupa más de 2.590.000 km cuadrados (1 millón de millas cuadradas).

A fines de agosto, Henry Puna, el carismático primer ministro de ese país, anunció la creación de un área protegida de 1.098.000 km cuadrados (424.000 millas cuadradas) que abarca la mayor parte del sur de las Islas Cook, un área más grande que Francia y Alemania. Puna dijo: "el parque marino brindará el marco necesario para promover un desarrollo sostenible mediante un equilibrio de los intereses de crecimiento económico tales como el turismo, la pesca y la minería en el fondo del mar con la conservación de la biodiversidad esencial en el océano; se trata de una contribución de las Islas Cook al bienestar no sólo de las personas, sino también de la humanidad". Nueva Caledonia también anunció su intención de crear un parque marino que cubra más de 1.295.000 km cuadrados (500.000 millas cuadradas) de océano.


Cada año, es posible que se registre la muerte de 100 millones de tiburones, principalmente por el comercio de aletas de tiburón, lo que constituye una práctica terriblemente derrochadora.

Antes de la reunión de los líderes de las islas, acompañé a un pequeño grupo de Conservation International (CI) durante varios días de buceo en Aitutaki, uno de los atolones de las Islas Cook. Estábamos entusiasmados con nuestros repetidos encuentros con un pez Napoleón, un pez grande y espectacularmente ornamentado. Esta especie, que en el pasado era muy común y hoy en día es considerada en los mercados asiáticos una exquisitez (en especial sus grandes labios), en la actualidad es sumamente rara. También nos alegró, y a la vez nos entristeció, ver un tiburón. Vimos sólo uno en una parte del océano donde debería haber cientos. Mi compañero de buceo, Greg Stone, líder del programa marino de CI y un estratega de políticas oceánicas, ha trabajado estrechamente con el presidente Tong, el primer ministro Puna y otros líderes de islas para promover una visión global para obtener un "paisaje oceánico" ("oceanscape") integrado, un concepto basado en la cooperación de todos los países insulares de la región con el fin de lograr el objetivo de proteger los activos oceánicos que todos comparten. La presencia o la ausencia de tiburones y otros peces grandes son buenos indicadores de la productividad de los arrecifes. "Los arrecifes saludables necesitan tiburones, y los tiburones necesitan arrecifes saludables", manifestó Stone. "Ambos tienen más valor vivos que muertos".


Las focas monje del Caribe fueron cazadas hasta su extinción a principios de la década de 1950.
Vincular el "capital natural" con la prosperidad humana y la supervivencia continua es una idea que surgió demasiado tarde para poder salvar las vacas marinas de Steller, las focas monje del Caribe, las alcas gigantes y las ballenas grises del Océano Atlántico, y puede ser demasiado tarde para muchas otras especies y sistemas que están al borde del olvido. Pero aún no es demasiado tarde para recuperar algunos de los arrecifes, mangles y pantanos dañados del mundo y convertir el planeta azul en un lugar más seguro, saludable y fuerte. Somos afortunados: somos habitantes de la Tierra, el mejor lugar del universo, y estamos atravesando un momento ideal en la historia.
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© Alert Diver — 2do Trimestre 2013