Recién nacidos

Los cachalotes de las Azores


Una hembra de cachalote presenta a su cría a Amsler.


Los balleneros americanos llegaron a las Azores, cerca de la costa de Portugal, a principios del siglo XIX. Si bien al principio no operaron en estas aguas, las islas se usaban para el aprovisionamiento y la complementación de las tripulaciones con vigorosos hombres jóvenes del archipiélago. Con el tiempo, los habitantes de las Azores comenzaron a cazar ballenas ellos mismos y establecieron sus propias estaciones de caza de ballenas a lo largo de la costa.

La caza de ballenas en las Azores disminuyó considerablemente en la década de 1970 y se detuvo oficialmente en 1986 con una prohibición de la Comisión Ballenera Internacional, o CBI, (International Whaling Commission, IWC, en inglés). En su lugar, ha surgido un nuevo negocio lucrativo: en la actualidad, los visitantes capturan ballenas con cámaras de fotos y video en lugar de con arpones. Esto es lo que me llevó a las Azores.

Durante cinco días recorrimos las islas de Faial y Pico. Un viaje de nueve horas al día en una pequeña embarcación se hace largo y pesado, pero es necesario para disfrutar de encuentros cercanos con los enormes cachalotes del Atlántico.

Tanto a nivel técnico como físico, la fotografía de cachalotes supone uno de los desafíos más grandes para un fotógrafo submarino. Además de ser extremadamente tímidos, los cachalotes usan la ecolocalización para detectar sonido y movimiento a varios kilómetros. Para evitar ahuyentarlas con el ruido de motores y burbujas de aire, los barcos deben permanecer lejos de ellos, por lo que el buceo en apnea es la forma más práctica de acercarse.

El día comenzó de manera prometedora con tres avistamientos y un encuentro submarino a unos 20 metros (65 pies) de profundidad. Con una embarcación pequeña como la nuestra no es posible ver ballenas desde la superficie. Por lo tanto, trabajamos con vigias da baleia, personas que detectan ballenas desde torres de observación en la ladera, un remanente de cuando aún se practicaba la caza comercial de ballenas en las Azores.

Hace siglos los habitantes de las Azores construyeron puestos de observación muy por encima del nivel del mar en varias de las islas. Desde estos puntos estratégicos usaban binoculares para detectar a su presa y comunicaban las ubicaciones a los cazadores de ballenas con señales de humo, proyectiles y eventualmente radios. Estos observadores eran los hombres más importantes del comercio de la caza de ballenas de las Azores, ya que sólo ellos podían dirigir a los balleneros a sus objetivos. Los balleneros locales eran generalmente pescadores, artesanos o agricultores que dejaban de lado lo que estaban haciendo cuando se divisaba a una ballena. Al grito de"Baleia! Baleia!" salían corriendo hacia el puerto, donde sus embarcaciones, que al principio eran canoas y luego para la segunda mitad del siglo XX evolucionaron hasta llegar a los botes a motor, siempre estaban listas para partir.

La radio de nuestra embarcación repentinamente emitió un sonido chisporroteante y la reacción del conductor nos dio la pauta de que se trataba de un buen mensaje. Un grupo de unos seis animales había sido divisado a aproximadamente 1,8 km (1 milla náutica) hacia el sur.

Con la ayuda de dos motores de 150 caballos, llegamos al lugar rápidamente y vimos a nuestra presa. El grupo nadaba en círculos muy lentamente, lo que resultaba un comportamiento indudablemente extraño. Apagamos los motores para evitar ahuyentarlos y nos mantuvimos a una distancia segura de unos 90 metros (100 yardas). Después de echar una última mirada a la posición del grupo ingresé al agua.

Durante los primeros 55 metros (60 yardas) nadé lo más rápido que pude, mientras exploraba el agua para intentar vislumbrar a los animales, pero no veía nada más que una enorme nube turbia. Pronto me di cuenta de que la nube era sangre, que parecía tener un color verdoso por la pérdida de luz roja bajo el agua. Esto explicaba el comportamiento extraño que tenía el grupo. Se me ocurrió que estaban cuidando a un miembro que estaba herido.

Es sabido que las hembras de cachalote son muy sociables. Forman redes con sus especímenes jóvenes y viven en grupos de 15 a 20 animales. Los machos que alcanzan la madurez sexual abandonan el grupo y forman asociaciones con machos mayores pero viajan solos. Supuse (correctamente como se comprobó más tarde) que se trataba de un grupo de hembras.

A medida que los sonidos de comunicación de las ballenas se intensificaron, pude divisar a los miembros del grupo a unos 18 metros (20 yardas) de distancia, apiñados bajo la superficie. Pero con el sol directamente frente a mí era difícil ver exactamente qué estaba sucediendo.

Descendí a 15 metros (50 pies) de profundidad para pasar con cuidado debajo de ellos. Al descender pude comprobar que mi evaluación inicial era incorrecta: no había ningún animal herido; se trataba de una madre que estaba dando a luz. La placenta y trozos de piel flotaban en el agua alrededor de la cría, que había dejado la matriz unos pocos segundos antes.


Mientras las ballenas comunicaban la noticia del nacimiento, la madre presentaba a su cría a los visitantes.


Incluso al nacer, los cachalotes baten todos los récords en lo que se refiere a ballenas dentadas: una cría puede pesar más de una tonelada. Los machos pueden alcanzar una longitud de 18 metros (60 pies) y un peso de más de 40 toneladas; son los depredadores dentados de mayor tamaño y tienen el cerebro más grande que cualquier animal. A pesar de estas impresionantes estadísticas, los cachalotes recién nacidos son relativamente indefensos. Sin poder nadar durante los primeros minutos de vida, una cría de cachalote depende de un grupo de hembras para que la ayuden a ingresar al mundo.

Cinco matronas llevaron al recién nacido aún inmóvil a la superficie para que tomara aire por primera vez, mientras la madre, todavía débil por el parto, miraba desde abajo. Con cada minuto que pasaba la cría fue adquiriendo cada vez más movilidad hasta que pudo nadar cortas distancias de manera independiente. Pude oír cómo se comunicaba, y su tono era más alto que el de los demás, como la voz de un niño.

Para evitar molestar a los animales me moví con cautela y mantuve una distancia de unos 9 metros (30 pies). Hasta ese momento las ballenas no habían notado mi presencia, pero de repente la madre quiso identificar al extraño que se encontraba entre ellos.

De manera discreta pero directa, el gigante de 9 metros (30 pies) giró en mi dirección y comenzó a nadar hacia mí. Su enorme cabeza se hacía cada vez más grande a medida que el agua desplazada me apartaba. El agua se agitaba a mi alrededor mientras el ruido producido por sus exhalaciones resonaba en mis oídos. Vi cómo me observaba y no percibí ningún tipo de agresión de su parte.

Los cachalotes son corpulentos y sus características cabezas protuberantes pueden representar hasta un tercio de su longitud total. Los investigadores creen que las cabezas de las ballenas sirven de "lentes acústicas" y concentran las ondas sonoras enviadas durante la ecolocalización. Al emitir chasquidos de alta frecuencia, los animales exploran el entorno circundante y pueden captar la imagen de una gran área.

Las ballenas se comunican permanentemente y pueden ser oídas por otros animales a grandes distancias. A medida que el nacimiento era comunicado, cada vez más animales llegaban para el evento. Mientras los gigantes se reunían, me di cuenta de que me habían aceptado completamente.


La madre recupera a su cría, que ya tenía fuerza suficiente como para intentar aventurarse por su cuenta.


La madre nadaba hacia los otros grupos de ballenas para presentar a su cría. Increíblemente, incluso hizo lo mismo conmigo; se detuvo y permitió que la cría nadara hacia mí. Después de unos 20 minutos, la cría ya era más fuerte y rápida, y estaba ansiosa por aventurarse por su cuenta, lo que a la madre no le gustaba para nada. Con su inmensa boca llena de dientes, llevó a su pequeño fugitivo de regreso a la superficie.

Cuando el evento llegó a su fin, las ballenas desaparecieron en las aguas azules del Atlántico, mientras la madre descendía con su cría hacia las profundidades.

Los cachalotes están presentes en todos los océanos. Se los encuentra más comúnmente en los trópicos y subtrópicos, pero también exploran los mares más fríos. En 2004 incluso se divisó a un cachalote en el mar Báltico por primera vez en la historia.

El tiempo de buceo promedio de un cachalote es de 45 minutos, pero algunos pueden extenderlo hasta 120 minutos. Cómo es posible que los cachalotes contengan la respiración por esos períodos prolongados aún no se ha podido explicar por completo, pero se sabe que pueden restringir y desacelerar su metabolismo al mínimo mientras están sumergidos; durante este tiempo la sangre sólo se dirige a los órganos esenciales tales como el corazón, el cerebro y la médula espinal.

Por desgracia, estos cordiales y majestuosos animales aún están en peligro. Algunos países continúan con la caza comercial de ballenas, especialmente Japón, Noruega e Islandia, que encontraron vacíos o declararon una objeción a la prohibición de la CBI, lo que provoca la muerte de miles de ballenas cada año.


Amsler se prepara para ingresar al agua con su cámara.
En los 45 años que me he dedicado a la fotografía submarina, he documentado muchas situaciones espectaculares e únicas, pero esta experiencia me permitió vivir el encuentro más intenso de mi vida. Espero que mis imágenes logren crear conciencia y alienten a las personas a apoyar la protección de estos inteligentes mamíferos marinos en peligro de extinción.

Nota: el gobierno de las Azores autorizó las interacciones de Kurt Amsler con los cachalotes y él tomó todas las precauciones necesarias para no perturbar a los animales.
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Vea algunos de los encuentros de Kurt Amsler con cachalotes en video.



Para obtener más información sobre los cachalotes mire los videos de NatGeoOcean Wild Chronicles (Crónicas salvajes) y Jonathan Bird's Blue World (El mundo azul de Jonathan Bird) a continuación.





© Alert Diver — 3er Trimestre 2015