Micro-Mundos




Camarón de coral “huella dactilar,” Coralliocaris sandyi

La idea me viene mientras estoy comiendo un pollo satay. "Estos palitos usados para pinchar bocaditos de carne asada podrían ser justo las herramientas que estamos buscando," pienso a medida que halo uno de los palillos de madera chamuscada entre mis dedos después de una cena tardía.

Esa misma tarde mi guía de buceo, Liberty Tukunang, y yo habíamos pasado varias horas frustrantes intentando fotografiar a una comunidad de camarones que sólo vive entre las ramas entrelazadas de un coral mesa. Los camarones no son difíciles de ver cuando se observan desde arriba, pero tomar una foto aceptable de los sujetos móviles en esa enredadera es otra cosa totalmente diferente. Los esfuerzos de Liberty por espantar a los habitantes del coral hacia mi, los mandaba brincando entre las ramas como pelotas de pinball. Por mucho que lo intentamos, todos nuestros esfuerzos produjeron apenas unas imágenes borrosas de colas desapareciéndose — nada ni remotamente cercano a la calidad que necesitábamos para incluir a la especie en la guía de identificación marina del Pacífico en que hemos estado trabajando durante los últimos tres años. Es en este contexto que presentamos a los palillos de satay.

Temprano al día siguiente alcanzo a Liberty mientras está preparando a su viejo taxi acuático verde-amarillo que utilizamos para ir de un sitio de buceo a otro en el Estrecho de Lembeh, Indonesia. Refugiado en la sombra de la cabina le cuento mi idea. Un hombre de pocas palabras pero de rápida comprensión, Liberty simplemente asiente con la cabeza y desliza un par de palillos dentro de la manga de su traje húmedo.


Camarón de coral de Gerlache, Philarius gerlachei
Una hora después estamos arrodillados en la arena al lado de un coral plato del tamaño de un frisbee que sobresale de una cresta; es el hogar de una pareja de camarones anaranjados y blancos del género Coralliocaris. Con un palito sostenido entre el pulgar y dedo índice de cada mano, Liberty se inclina hacia delante y comienza a arrear los camarones como si hubiera nacido para ello. Aún con su toque mágico toma casi media hora hasta que por fin arrea a un sujeto a una esquina donde puedo tomar una buena foto. Al final de la semana el truco con los palos de satay nos ha ayudado a capturar retratos de una docena de nuevos crustáceos habitando entre los corales, los cuales llamamos afectivamente los "camarones de 30 minutos".


Camarón de coral “magnífico,” Coralliocaris superba
Durante nuestra búsqueda de camarones también encontramos peces simbióticos que ocupan los mismos apretados rincones – la mayoría son gobios, coloridos y simpáticos. Los viajes de buceo siempre traen algo nuevo, tal como me sucedió al año siguiente en Ambon, Indonesia. Pasamos la semana en Maluku Divers, un resort a la orilla del mar que da con algunos de los mejores terrenos para cazar bichitos en la región. Y para mejorar aún más las cosas, nos guió Semuel Bukasiang, un guía veterano muy distinguido. En la penúltima inmersión Semuel y yo merodeamos las laderas, mientras que Anna, buceando en los bajos, consiguió oro en la forma de gobios de coral cabeza roja correteando entre las ramas de una colonia de corales plato. Fueron un noticia emocionante, el pez nos había eludido por años, y la edición actual de nuestra guía sólo mostraba una variante amarilla de la especie. Estábamos en una misión.

La siguiente mañana nos levantamos al son de una refrescante tempestad que a las 7 a.m. ya arrojaba espuma por encima del malecón. Mientras tomábamos el café nos informaron que las condiciones seguirían empeorando. Parecía que nuestra única oportunidad para visitar a los gobios sería durante las próximas horas y aún entonces las condiciones estarían fuertes. Después de conversar con Semuel, Anna y yo decidimos ir por los gobios.

Tal como lo esperábamos los arenosos bajos estaban siendo impactados por fuertes resacas. A pesar de que teníamos tanques llenos y lastres extras el oleaje marcaba la pauta, volcándonos como hojas. Por suerte teníamos mucho espacio para maniobrar entre las salientes, y al cabo de unos minutos de llegar al fondo Anna pilló un par de gobios. Purgando la última burbuja de mi chaleco, me detuve a unos centímetros de su hogar. Ágiles como ratones en un laberinto, los ocupantes salieron disparados al otro lado de su mundo de tamaño de plato. Viendo mi dilema, Semuel se posicionó al otro lado del coral y mandó a los gobios una vez más hacia mi dirección. Allí se detuvieron uno al lado del otro en un agujero con sus ojos teñidos verdosos y bordeados de dorado mirándome como cachorros en la perrera. Fue demasiado.


Gobio de coral cabeza roja, Paragobiodon echinocephalus
Antes de que pudiera enterrar mis codos al fondo y enfocar, los gobios se desparecieron. Semuel los volvió a correr pero tan pronto llegaron a mi lado se volvieron a escapar. Cada vez que intentar enfocar sus difusas cabecitas, el oleaje me barría las piernas del fondo y arrancaba la mirada del objetivo de la cámara. Todo se hubiera perdido si no fuera por Anna – la mejor compañera que cualquiera pueda pedir. Ella vino a mi rescate cubriendo mis extremidades desviadas con su cuerpo y pesado tanque, justo el truco que necesitaba para tomar la foto.


© Alert Diver — 1er Trimestre 2013