En otro planeta — Japón: parte 2




Koke-ginpo (blénido), Neoclinus bryope


"Si uno no está dispuesto a ser arrollado de vez en cuando, entonces no debería ser buzo". Ese es el consejo que había estado brindando durante años y que había regresado para perseguirme mientras nuestra tropa itinerante de cinco buzos apiñaba equipaje en una camioneta estacionada en doble fila en el centro de Tokio. Habían pasado menos de dos días desde que un tifón nos había perseguido cerca de la isla meridional de Hachijo. Y aquí estábamos otra vez, adelantándonos al clima, esta vez dejando un departamento prepago con dos días de anticipación en un intento por vencer a una segunda tormenta que se dirigía a nuestro próximo destino, la península de Izu de Japón. ¿Mencioné que aún no había amanecido y que ya estaba comenzando a llover?

Cuatro horas más tarde Shingo Suzuki, nuestro guía de buceo y conductor, se detuvo en un mirador de Suruga Bay con el icónico Monte Fuji que se elevaba a la distancia. Shingo señaló hacia abajo en dirección a la bahía interna en Osezaki, el parque de buceo más visitado de Izu. Gran parte de la popularidad del lugar se debe a Cape Ose, una larga lengua de tierra que protege una cuenca bordeada por playa de 402 metros (un cuarto de milla) de ancho. Cuando hay buen tiempo, los buzos experimentados prefieren la pendiente rocosa situada en la parte externa del cabo, pero con el agua del mar aún agitada por la tormenta de la semana anterior, la bahía interna era nuestra mejor oportunidad para ingresar al agua. Diez minutos más tarde la camioneta desapareció dentro de un laberinto de hoteles de varios pisos, restaurantes y tiendas de buceo surcados por un entramado de pasillos, caminos y callejones sin salida con una señalización indescifrable. Sin Shingo hubiéramos estado completamente perdidos; en cambio, nos llevó bajo el agua en el transcurso de una hora.


Rubio japonés, Lepidotrigla japonica


Tal como se esperaba, gran parte de la bahía era un desastre. Llegamos a los 6 metros (20 pies) de profundidad por la pendiente de arena y luego la visibilidad comenzó a jugar en nuestro favor. Para los 12 metros (40 pies) había mejorado lo suficiente como para que pudiéramos concentrarnos en los animales.

Pez piña, Monocentris japonica
A diferencia de la costa volcánica de Hachijo que tiene una infinidad de agujeros para ocultarse y poder atraer vida marina, los fondos arenosos abiertos ofrecen muy pocos refugios seguros. Pero como siempre, la vida se adapta a las circunstancias. A lo largo de los siglos, una próspera comunidad de crustáceos, moluscos y gusanos ha evolucionado para vivir debajo de la superficie. Para combatir la excavación de pozos y madrigueras, los depredadores han ideado algunos trucos estupendos. La pareja de rubios que encontramos a 21 metros (70 pies) es un excelente ejemplo. Las delicadas rayas de sus aletas ventrales se han transformado en garras para rastrillar el fondo y extraer animales y sus aletas pectorales se han convertido en alas que se extienden para exagerar su tamaño.

Mientras nadábamos en dirección ascendente por la pendiente nos encontramos con un surtido de cascos de embarcaciones y desechos náuticos que se han hundido a lo largo de las décadas con el objeto de atraer peces. Y han hecho bien su trabajo. En 3 metros (10 pies) de agua turbia podíamos ver peces por todas partes dentro de los santuarios. Era un caleidoscopio de especies diferentes a las del Caribe o Indonesia o incluso a los peces que habíamos descubierto en Hachijo al principio de la semana. El buceo, al igual que París, es realmente un festín móvil.


Joven pez de San Pedro, Zeus faber

A la mañana siguiente el clima había empeorado, pero Shingo estaba animado. Había estado examinando los alrededores y creía que tenía información sobre un joven pez de San Pedro, una especie que tuvimos que buscar en una guía de campo para saber de qué estaba hablando. En el mundo de los observadores de peces japoneses, este es un trofeo, una pieza de arte pop con púas que parecen lanzas y una gran diana tatuada sobre el costado de su cuerpo. Finalmente encontramos a nuestro pez a 15 metros (50 pies) de profundidad. Pero luego, todos coincidieron en que era hora de seguir adelante.

Futo, el único otro parque de buceo que estaba abierto, estaba a dos horas en auto hacia el este cruzando la península montañosa. De camino allí, Shingo mantenía nuestra mente alejada del mal tiempo con historias sobre peces piña y la posibilidad de encontrar una cría de suño cornudo. Cuando llegamos, los pescadores arrastraban embarcaciones hacia la orilla y los pocos buzos que había alrededor estaban regresando por la pendiente. Un carro motorizado nos llevó a un área de preparación donde una cuerda guía que se extendía por una rampa de hormigón desaparecía entre las olas a la altura del pecho. Pudimos realizar tres buceos antes de que la marea tormentosa cada vez más intensa nos obligara a salir del agua a la tarde del día siguiente.


Lábrido, Pteragogus flagellifer
Por naturaleza somos un grupo alegre, pero esa noche, sentados en una mesa del restaurante de nuestro hotel y disfrutando de nuestro tercer tokkuri de sake, todos nos sentíamos especialmente bien. Si bien se podía oír el bramido del tifón afuera, por primera vez en dos semanas nadie se sentía obligado a controlar ni incluso mencionar el clima. Era como si toda la preocupación y ansiedad de nuestro paseo de dos semanas se había esfumado con el toque de una varita mágica. Sólo teníamos buenos recuerdos.

Después de dos días más en Tokio, me dirigí a casa con un viento de cola y un nuevo refrán en mi haber, a lo Yogi Berra: "no es necesario que un viaje sea perfecto para ser perfecto".

© Alert Diver — 2do Trimestre 2016