Enfrentarse a una dura verdad




Cody Wagner practica con su padre cómo proteger las vías respiratorias durante un ejercicio de desmayo en poca profundidad en la piscina.



Sin sospechar que algo podía salir mal, mi compañero de buceo en apnea descendió hasta que lo perdí de vista. Su línea flotante era el único indicio de que había estado allí. Los minutos siguientes fueron un recordatorio de que nadie está exento de los riesgos del buceo en apnea.

Como crecí en los cayos de Florida, conozco bien el mar. Estar en el agua me resulta tan natural como respirar. Fui nadador competitivo y durante toda mi vida practiqué buceo en apnea con mi padre. Hace dos años tuve la oportunidad de asistir a un curso de buceo en apnea de Performance Freediving International (PFI), dictado por Ashley y Ren Chapman, de Evolve Freediving. Mi padre incluso escribió un artículo sobre nuestra experiencia en Alert Diver (sección "De miembro a miembro", en la edición de Primavera de 2015).

No exagero al decir que este curso cambió radicalmente mi manera de bucear y de pensar en el buceo. Mi padre y yo reconocimos cuán riesgosos habían sido nuestros protocolos de buceo en apnea (teníamos un sistema de compañeros cuya única regla era "estar en el mismo mar, al mismo tiempo"). No habíamos comprendido realmente las consecuencias de los peligros que corremos, sobre todo el de los desmayos de ascenso. Después de esta clase, la seguridad se convirtió en nuestra prioridad cada vez que buceamos. A partir de ese primer curso de buceo en apnea, hice un curso intermedio con Evolve Freediving y entrené varias veces con Ted Harty, de Immersion Freediving. El material utilizado y la calidad de la enseñanza de ambos cursos son de primer nivel.

Si bien la capacitación se centra en los aspectos teóricos del buceo en apnea seguro, a veces es necesario vivir una experiencia real para asimilar el contenido. En mi caso, esto sucedió en una salida de pesca con arpón hace poco. Un compañero de trabajo me invitó a salir en su barco con él y sus dos hijos. Era una salida de pesca habitual en un arrecife a una profundidad de 15 a 18 metros (50 a 60 pies) cerca de Palm Beach, Florida. Las condiciones eran ideales: había poca corriente y la visibilidad se extendía desde la superficie hasta el fondo. Buceamos haciendo una rotación entre tres, con un operador designado en el barco. Después de unas horas de buceo y algunos pescados en la nevera, decidimos trasladarnos a un trecho de arrecifes artificiales a una profundidad de 25 a 27 metros (85 a 90 pies).

Las condiciones eran casi idénticas, pero la mayor profundidad exigía el uso de una línea flotante para localizarnos. Cada uno había hecho un par de descensos sin problemas, cuando el hijo de 16 años de mi compañero de trabajo descendió por última vez en el día. Fue una inmersión que ya había hecho algunas veces ese mismo día, pero ni bien salió a la superficie, supe que algo no estaba bien. Tenía los labios muy azules. Tomó aire dos veces antes de dejar de respirar y empezar a tener convulsiones, una pérdida del control motriz que los buzos en apnea llaman "samba". Cuando me acerqué para tomarlo, ya se había desmayado y flotaba boca abajo. Inmediatamente lo di vuelta para protegerle las vías respiratorias, le quité la máscara e intenté inducir el reinicio de la respiración espontánea, como me habían enseñado. Casi al instante, comenzó a respirar de nuevo y volvió en sí lentamente.

En el barco, durante el trayecto de regreso, permanecimos mayormente en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos sobre lo que podría haber pasado. Sin duda, el hijo de mi compañero de trabajo supo aquel día que no era inmortal, y se derrumbó en su cabeza una creencia muy común que tienen los buzos en apnea: que los riesgos de este deporte afectan únicamente a los novatos o que solo se manifiestan en circunstancias extremas. Para cuando el barco llegó a la ensenada, ya había comprendido realmente la gravedad del incidente. Conmocionado, el joven afirmó en voz alta que si hubiera estado buceando solo, estaría muerto. A falta de una respuesta que pudiera haber sido un poco más tranquilizadora, opté por la cruda verdad: "Sí. Estarías muerto".

Ya había vivido experiencias aleccionadoras similares: me había desmayado durante una sesión de apnea estática y había sufrido un "samba" durante una inmersión con línea un curso. Estos eventos alcanzaron para que cambiara casi todos los aspectos de la forma en la que buceo, desde la selección del equipo hasta la manera en la que mis compañeros y yo alternamos. También sirvieron para que me asegurara de que siempre hablemos sobre qué hacer en caso de un desmayo o un "samba". Siempre había intentado pescar con arpón de manera segura, pero la seguridad no siempre había sido la prioridad máxima.

Sin embargo, este incidente fue algo que ocurrió en la vida real. Mi desmayo se había producido en un entorno relativamente controlado, y había puesto a prueba mis propios límites porque sabía que contaba con profesionales capacitados listos para ayudarme. Aquella vez que me desmayé, no sentí lo que todos sentimos ese día.

Con lo aprendido en este incidente, en la siguiente salida empezamos a repasar cómo actuar ante situaciones de riesgo en el agua. Fue una excelente oportunidad para que la pesca con arpón dejara de ser el objetivo principal: lo primero era la seguridad y lo segundo, la pesca. Todos buceamos mejor en esa salida, y creo que esto se debió directamente a nuestra sesión sobre medidas de seguridad. En un deporte donde la predisposición mental juega un papel tan importante, la tranquilidad de saber que tus compañeros pueden estar ahí para ti en una emergencia es invaluable.

© Alert Diver — 1er Trimestre 2017