En otro planeta — Japón: parte 1




Un Pentaceropsis recurvirostris rayado pasa el rato debajo de una saliente


Anna y yo habíamos estado hablando durante una década sobre la posibilidad de realizar un viaje de buceo a Japón, pero no podíamos tomar la iniciativa de armar un paquete. Nuestra reticencia había llegado a su fin rápidamente para el momento en que Richard Smith terminó de mostrarnos imágenes de su reciente visita a la península de Izu y la isla meridional de Hachijo-jima. Uno tras otro, peces que nunca antes habíamos visto ni incluso imaginado aparecían en la pantalla de su computadora portátil. Dejó lo mejor para el final: un espléndido caballito de mar no más grande que un botón.

Once meses después, cinco de nosotros, incluido Smith, nos encontramos agarrando una gruesa cuerda mientras nos arrastrábamos hacia atrás por una pendiente en dirección a una caleta cubierta de lava. El agua estaba agitada por los efectos anteriores de un tifón que provenía de Micronesia. Una vez que estuvimos bajo el agua y lejos de la costa, pudimos desplazarnos con tranquilidad. Desaparecimos en un mundo de peces tan poco convencionales que era como si estuviéramos en otro planeta.

A lo largo del borde de un cañón nos encontramos cara a cara con un Pentaceropsis recurvirostris con bigotes y cabeza ósea del tamaño de una bandeja. Una pareja de igualmente escandalosas pintadillas observaban desde una saliente. Casi todos los peces eran nuevos para nosotros; nuevos peces Damisela, nuevos peces mariposa y nuevos blénidos. Después de una hora nuestro guía, Kotaro, nos reunió y nos llevó de regreso hacia el punto de entrada. En ese momento me di cuenta de que me había olvidado por completo de buscar el caballito de mar pigmeo, el motivo por el que estábamos buceando en la caleta bajo tan malas condiciones. Nuestra salida no fue muy airosa. Antes de que pudiéramos recuperar el aliento y ordenar el equipo que estaba todo desparramado, Kotaro ya estaba al teléfono programando una embarcación para la tarde.


Morena dragón
Aunque estaban picadas, las aguas del mar en la parte de sotavento de la isla eran manejables a bordo del tradicional barco de pesca japonés que Kotaro había conseguido. El capitán nos dejó en un arco submarino repleto de peces, incluso morenas dragón, conforme nos habían dicho. Siempre había querido ver una. ¿A quién no le gustaría? Son una de las anguilas más llamativas que hay en el mar; cada una cuenta con un diseño personalizado de colores vivos.

Las morenas dragón prefieren las aguas frías, y yo no. Es por ello que aún no había visto ninguna. Mi medidor indicaba una temperatura de 20°C (68°F), pero yo no me quejaba. Un traje de neopreno de 5mm y un chaleco me permitían soportar la temperatura sin problemas. Y además, ¿quién tenía tiempo para sentir frío? A la distancia pude ver a un lábrido hada macho que alardeaba su harem, y yo estaba detrás de él. Disminuí la velocidad y me alejé un poco para considerar mis opciones. En un minuto estaba sobre el lugar donde se desarrollaba la rutina de Romeo y me coloqué cerca de un grupo de sus hembras cargadas de huevos. En efecto, se acercó en una explosión de color, me rodeó dos veces y se alejó como un rayo. Aún lo seguía con la mirada mientras se alejaba a la distancia cuando Anna se acercó a toda velocidad agitando los brazos descontroladamente. La seguí mientras ella se desplazaba con una patada de rana y me encontré con mi primera morena dragón. Era una belleza.

Durante la noche el tifón dio un giro prometedor hacia el oeste. Aún había vientos racheados pero el cielo se puso azul, lo que nos dio la confianza necesaria para volver a desplazarnos alrededor de la isla en busca del caballito de mar. Esta vez buceamos desde la embarcación. Elegí una sección apartada de la pared e inicié lo que pretendía fuera una búsqueda disciplinada. Yo no sería un buen soldado: en unos minutos un pequeño pez desconocido de color marrón que se asomaba desde una grieta capturó mi atención. Con los ojos entrecerrados, me incliné para acercarme y espanté al pez, que volvió a esconderse entre las sombras. Me llevó un tiempo obtener una visión clara de un gobio de ojos verdes que tenía aletas de gran tamaño. Para cuando recordé mi misión, ya habían transcurrido 50 minutos del buceo. Eché una mirada con culpa sobre mi hombro. No muy lejos, los demás seguían realizando la tarea programada, para lo que registraban metódicamente la pared en busca del legendario caballito de mar.


Un lábrido hada despliega sus colores de cortejo


Durante la noche, la tormenta volvió a avanzar en nuestra dirección, lo que nos llevó a reunirnos a la mañana temprano. Evaluamos las opciones y decidimos interrumpir nuestra estadía en Hachijo-jima y partir hacia el aeropuerto para reprogramar los vuelos. Una vez resueltas las cuestiones administrativas, realizamos un buceo al final de la mañana en el puerto y luego nos alejamos de la costa por la tarde para llevar a cabo un buceo final en una ladera en aguas profundas que se conecta con un monte submarino con la parte superior a escasa profundidad.

Nos lanzamos al agua bajo un manto de nubes negras; 24 metros (80 pies) más abajo estaba tan oscuro como la noche. Instintivamente, todos nos desplazamos por la pendiente en busca de luz hasta que nos encontramos escondidos dentro de una hondonada sobre una plataforma a 9 metros (30 pies) de profundidad. Pensé que era "un último buceo en Hachijo-jima decepcionante" y en ese instante vi a Kotaro que se desplazaba a los tumbos desde la pared con ambos brazos apuntando hacia el costado. De repente no había señales del tifón, ni una partida temprana, ni olas ni un cielo lúgubre. En cambio, había un caballito de mar sumamente delicado y delgado que no era más grande que un botón iluminado por el haz de la luz de mano de Kotaro.


Un caballito de mar pigmeo japonés aún no descrito


© Alert Diver — 1er Trimestre 2016