El verdadero norte

Una aventura de buceo y navegación en el Ártico noruego


Terry Ward y el capitán del Barba Andreas B. Heide ingresan a las gélidas aguas al norte de 81°N, mientras el primer oficial Jon Grantangen monta guardia para detectar la presencia de osos polares.


Sucedió exactamente lo que no quería que pasara. Estaba colgando boca abajo en el agua turbia de un puerto deportivo en Stavanger, en el sur de Noruega. Las botas de neopreno de mi traje seco se habían llenado de aire y las plantas de mis pies dentro de ellas miraban al cielo. Es un clásico dilema para los buzos que son principiantes en el uso de un traje seco.

La capacitación en el uso de este tipo de traje era parte de los preparativos para una expedición épica que habíamos planificado al Ártico noruego a bordo del Barba, un velero de 11 metros (37 pies). Nuestro objetivo era navegar en el Barba por la costa de Noruega y luego hacia el norte por el mar de Noruega hasta Svalbard, un desierto ártico del tamaño de Virginia Occidental. Svalbard, que está cubierto de glaciares, es el hogar de la población de osos polares más densa del planeta.

Después de algunos intentos de enderezarme sin éxito, me di por vencido y esperé a mi compañero. En un instante Andreas Heide, el capitán del Barba, apareció aleteando desde abajo, tomó mi arnés y me colocó en posición vertical.

Heide no era ningún amateur. Comenzó a practicar buceo en apnea a los 7 años en los fiordos del sur de Noruega. Después de obtener su certificación en aguas abiertas a la edad de 17 años, se incorporó a la marina noruega para convertirse en un buzo de combate. Este es un hombre que logró salir de la bodega de torpedos de un submarino. Pero entrenarme a mí, un escritor de buceo de Florida acostumbrado a aguas tropicales y lujosas embarcaciones de vida a bordo, era un desafío muy diferente.

Después de algunas clases de práctica en el puerto y un poco de "mano firme" de parte de Heide, finalmente comencé a dominar mi flotabilidad. A continuación, el día más largo del año, el solsticio del verano boreal, zarpamos desde Stavanger bajo un sol que apenas se perdía tras el horizonte, con cuatro meses y unos 6.300 km (3.400 millas náuticas) de aventura por delante.
La tripulación
Nuestra tripulación de cinco personas era un grupo multinacional en busca de emociones. El primer oficial Jon Grantangen, un tranquilo noruego que había recorrido todo el territorio de Noruega, había acompañado a Heide en expediciones de navegación anteriores a las Islas Faroe y la remota isla ártica de Jan Mayen. Daniel Hug, nuestro fotógrafo alemán, trabajaba como geógrafo y observador de avalanchas en los Alpes austríacos. Había llevado un parapente, con el que soñaba volar sobre los osos polares una vez que llegáramos a Svalbard. Ivan Kutasov, nacido en Moscú, había pasado meses navegando a bordo de un barco de madera contrachapada hacia Novaya Zemlya en el Ártico ruso, donde en una oportunidad se había trepado a un techo para escapar del ataque de un oso polar.

Compartíamos un espacio pequeño y cada centímetro estaba ocupado por equipo listo para la aventura: arneses para escalar, piquetas, equipo de parapente y, desde luego, equipo de buceo.


La tripulación multinacional del Barba cerca del Círculo Ártico, de izquierda a derecha: Daniel Hug (Alemania), Terry Ward (Estados Unidos), Ivan Kutasov (Rusia), Andreas B. Heide (Noruega) y Jon Grantangen (Noruega)


Rumbo al norte a lo largo de Noruega
Nuestra ruta nos llevaría por el territorio continental de Noruega hacia el norte hasta Tromsø y desde allí realizaríamos el cruce de aproximadamente cuatro días (unos 1110 km [600 millas náuticas]) hasta llegar a Svalbard. Una vez allí, esperábamos que las condiciones de hielo del verano boreal nos permitieran circunnavegar el archipiélago, uno de los lugares más agrestes del Ártico. Pero primero debíamos viajar unos 1670 km (900 millas náuticas) a lo largo de lo que se ha denominado la costa más hermosa del mundo.

Al norte de Bergen nos detuvimos en Store Batalden, un pico que se eleva unos 490 metros (1.600 pies) sobre un archipiélago azotado por corrientes que prometía abundante vida marina. El tranquilo puerto era un buen lugar para practicar buceo desde la pequeña plataforma de nuestro velero. Debíamos perfeccionar nuestros procedimientos de buceo para las regiones remotas de Svalbard, por lo que entrenaríamos un poco cada vez que pudiéramos a lo largo de la costa de Noruega.

"Las palabras clave para los buceos que estamos realizando son seguridad y simplicidad, me dijo Heide mientras nos colocábamos el equipo sobre la pequeña cubierta de la embarcación, "todo debe ser optimizado para facilitar el acceso ya que estaremos en medio de mares picados". Guardamos nuestro equipo de buceo en dos bodegas con apertura superior en el puente de mando del Barba. El compresor era un Bauer alemán a gasolina que podía llenar uno de nuestros cilindros de acero de 15 litros en aproximadamente 30 minutos.

Además de los trajes secos (que también servirían de trajes de supervivencia en el peor de los casos), usábamos pesados guantes y botas de neopreno y llevábamos boyas de superficie así como también un rastreador marino McMurdo que podíamos activar si perdíamos el Barba de vista. Este dispositivo enviaba una señal con nuestra ubicación al trazador de gráficos del barco de modo tal que la tripulación pudiera saber dónde encontrarnos.

Buceábamos completamente dentro de los límites del buceo deportivo y no más de dos veces al día, y evitábamos las obligaciones descompresivas y siempre hacíamos paradas de seguridad. Cuando las condiciones lo justificaban, buceábamos con una caja estanca, que estaba llena de bengalas y una radio VHF portátil, que nos seguía el rastro desde la superficie. Antes de salir de Florida me aseguré de que mis seguros de viaje y contra accidentes de buceo de DAN estuvieran al día.

Nuestra mayor preocupación era separarnos de la embarcación. "En agua tan fría, incluso con un traje seco, se tiene una esperanza de vida limitada", me recordó Heide. A lo largo de la costa del territorio continental de Noruega el agua aún debía caer debajo de los 4°C (39°F), pero la temperatura bajaría aún más a medida que nos desplazáramos hacia el norte. Y en Svalbard, incluso si lográbamos nadar hasta la costa después de una hipotética separación del barco, la costa está patrullada por osos polares.

Los paisajes de Noruega constantemente se superaban unos a otros a medida que nos desplazábamos hacia el norte. Entre los más memorables estaba el escenario de cuento de hadas de Træna, un impresionante archipiélago de más de 1.000 islas e islotes situado en el Círculo Ártico.

Tres semanas después de abandonar Stavanger llegamos a Tromsø. Había mucho trabajo por hacer para preparar la embarcación para el cruce de cuatro días hasta el extremo sur de Svalbard, incluso aprovisionarnos para el trayecto de 45 días con un mínimo apoyo, llenar recipientes con combustible diésel adicional y buscar en contenedores de obras en construcción para obtener bastones para poder empujar el hielo.
La llegada a Svalbard
Realizamos el cruce sin inconvenientes y divisamos el primer iceberg, del tamaño de un auto, unas 12 horas antes de nuestra llegada al extremo sur de Svalbard. Comenzamos a darnos cuenta de dónde estábamos. Hasta un pequeño iceberg tenía el poder de hundir al Barba si lo golpeábamos a una velocidad de crucero. Para esta altura de la travesía, al montar guardia era imprescindible explorar el agua constantemente para poder detectar la presencia de hielo. Para el momento en que ingresamos a Hornsund, el fiordo más meridional de Svalbard, estábamos justo en el meollo del asunto. El fiordo está alineado con glaciares y sus gemidos y lamentos llenaban el aire mientras los icebergs tallaban paisajes en el mar. Echamos el ancla y subimos a un bote en dirección a la orilla, y allí sobre la playa de arena negra donde pusimos un pie por primera vez había huellas recientes de oso polar.

Todos los visitantes de Svalbard que abandonan los límites de la ciudad de Longyearbyen, la capital municipal de Svalbard, con una población de aproximadamente 2.000 personas y un aeropuerto, deben llevar un rifle de alta potencia y deben saber cómo usarlo. El archipiélago y el hielo compacto hacia el norte son el hogar de aproximadamente 3.000 osos polares. Todas las veces que nos aventurábamos hacia la orilla en Svalbard era con Heide o Grantangen, nuestros ex tiradores militares que llevaban rifles así como también pistolas de bengalas para mantener a los osos curiosos a raya.

Pasamos unos días disfrutando de las comodidades de Longyearbyen: bares, restaurantes, tomas de puerto y agua dulce en un espectacular puerto deportivo, antes de iniciar la parte más dura de nuestra expedición: la circunnavegación de Svalbard.
En busca del verdadero norte
Además de renos, osos polares, zorros árticos y una enorme cantidad de focas, Svalbard tiene una población de aproximadamente 2.000 morsas, que fueron cazadas por casi 350 años, casi al punto de la extinción. En nuestro camino hacia el norte pasamos varios puntos de descanso de morsas en playas de arena pero decidimos sólo observar a los animales en la superficie en lugar de arriesgar enredarnos con ellos bajo el agua, según el consejo de un cineasta de fauna silvestre local.

Las morsas se alimentan principalmente de moluscos que buscan en el lecho marino mediante el uso de sus sensibles bigotes. Succionan la carne directamente de la concha y pueden comer miles de almejas durante una sesión de alimentación. Aprendí que el extraño macho solitario también es conocido por cazar focas. "Básicamente las estrujan hasta matarlas y succionan su carne", me dijo el cineasta de Longyearbyen. Este era un buen motivo para no bucear aquí y en cambio realizar una caminata, practicar parapente y disfrutar en la playa de fogatas alimentadas con los leños que flotaban hacia la desarbolada Svalbard desde Siberia.


Un punto de descanso de morsas en la isla de Edgeøya ofrece un pintoresco fondeadero helado.

Una tarde en Woodfjord, en el lado norte de la isla principal de Spitsbergen en Svalbard, divisamos las señales indicadoras de cetáceos que exhalaban. Nos colocamos nuestros trajes secos e intentamos hacer snorkeling con un grupo de ballenas beluga que nadaban a lo largo de la costa, pero los animales eran demasiado rápidos para nosotros. Los fuertes sonidos que emitían (como el zumbido de abejas combinado con el sonido que emite el borde de una copa al pasar el dedo sobre él, según lo han descrito) llenaban el aire en la superficie y hacían eco en nuestros oídos bajo el agua.

Realizamos nuestro primer buceo en Depotodden en la isla de Nordaustlandet en el lado oeste del archipiélago, donde fondeamos frente a la escarpada ladera de una montaña del color del carbón y con parches de nieve. En los lugares donde había demasiadas escorrentías glaciares (aproximadamente el 60 por ciento de Svalbard está cubierto por glaciares), el agua estaba demasiado turbia como para que el buceo valiera la pena. Pero en la playa en Depotodden no había glaciares y el agua bajo el barco era cristalina y prometedora.

Después de ver el desolado paisaje de la superficie no estábamos preparados para la explosión de color que nos dio la bienvenida debajo de ella. No vimos a un solo pez, pero nos desplazamos en scooter junto a una rompiente tras otra que estaban cubiertas con anémonas de color naranja y amarillo y llenas de cangrejos y babosas de mar. Cuando salimos a la superficie, vimos a una morsa que nadaba a la distancia.

A la mañana siguiente recibimos una llamada de atención que nos hizo recordar. Mientras luchábamos por levar el ancla que estaba repleta de kelp, Heide divisó a un oso polar que nadaba directamente hacia el Barba y corrió deprisa bajo la cubierta para buscar su rifle y despertar a la tripulación. Por suerte nuestros palos para empujar el hielo eran suficientes como para evitar que el tenaz visitante trepara a nuestro bote. La mirada en el rosto del oso reflejaba la pura indignación que sentía por el hecho de que no lo quisiéramos a bordo mientras él intentaba subir una y otra vez.

Los 20 minutos que pasamos tan cerca del joven macho sin duda pasarían a la historia como uno de los momentos más memorables de mi vida. El hecho de que habíamos estado buceando en esas aguas sólo unas pocas horas antes no pasó desapercibido para nosotros.


Un curioso e insistente oso polar se acercó en varias oportunidades al velero cuando el Barba estaba fondeado en el lado norte de Svalbard.


Hacia el hielo polar compacto
Nos desviamos de nuestra circunnavegación un día para navegar hacia el norte con dirección al hielo polar. Por muchas horas el mar estuvo curiosamente libre de hielo. Y luego repentinamente comenzaron a aparecer témpanos a nuestro alrededor. Pequeños trozos cedieron el paso a extensiones planas del tamaño de canchas de baloncesto y más grandes también. Fulmares del norte, los aviones de combate de las aves, esculpían giros sobre nosotros, mientras témpanos de hielo se balanceaban lentamente hacia arriba y hacia abajo sobre las tranquilas aguas del mar. Grantangen vio un oso polar sobre un tempano alejado, pero luego lo perdimos de vista. Divisamos a una foca que dormía en el agua cerca de allí.

Miré a Heide con una expresión de complicidad. "¿Estás listo para bucear?", pregunté. Si me había estado entrenando para algo, era para la oportunidad de ver la parte inferior de un témpano de hielo donde cazan los osos polares. Grantangen hacía guardia en la popa y nosotros repasábamos nuestro procedimiento de buceo estándar de Svalbard. Si veía a algún oso lanzaría una bengala lejos de la proa y luego se aseguraría de que se mantuviera alejado para que pudiéramos salir a la superficie sin peligro.


Svalbard debajo de las olas.

Mientras nos colocábamos el equipo sobre el hielo mi adrenalina estaba por las nubes, y a continuación dimos una gran zancada al agua. Nubes de diminuto kril llenaban el agua cristalina a -1°C (30°F). No había peces, sólo extrañas aguas vivas minúsculas con tentáculos rojo rubí. Durante 30 mágicos minutos mientras nos abríamos camino debajo del témpano de hielo y a su alrededor, nuestro techo era una cadena montañosa invertida teñida de color azul glaciar. Salimos a la superficie y no nos encontramos con ningún oso sino con nuestro hogar flotante que nos había llevado al norte hasta el hielo polar compacto, hasta el mismísimo límite del mundo.

Unos días más tarde navegamos hacia el sur a través del gélido estrecho de Hinlopen. Junto al glaciar Austfonna, uno de los casquetes de hielo más grandes del mundo, vimos más ballenas beluga debajo de las cascadas que expulsaban chorros sobre su borde. Un día Heide y Hug planeaban con sus parapentes sobre un acantilado y se sintieron extasiados al ver a un oso polar que cazaba debajo de ellos.


El Barba es eclipsado por el glaciar Austfonna, uno de los casquetes de hielo más grandes del mundo.

Finalmente logramos circunnavegar Svalbard. Cuando regresamos al territorio continental de Noruega después de un duro cruce, el triunfo superó el cansancio.

Todos esos frustrantes momentos que había pasado boca abajo entrenando en Stavanger habían sido reemplazados por vistas invertidas del hielo del Ártico en uno de los últimos verdaderos espacios naturales del mundo. Llegar allí no había sido fácil, pero las mejores cosas de la vida rara vez lo son.
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Vea más de las aventuras del Barba en la galería de fotos complementaria.

Para obtener más información, visite Barba.no.

© Alert Diver — 4to Trimestre 2015