El efecto del observador




Un deseo de encontrar un dugongo relativamente raro en su entorno natural puede degenerar en una escena salida directamente de una película de terror.

Un principio universalmente aceptado en el estudio de la física es el efecto del observador, que afirma que el acto mismo de observar altera el fenómeno que se está observado. Esta ley fundamental también existe en el mundo submarino y es el hombre el que provoca el cambio.

Al bucear hacia el extraño mundo del océano, las acciones más simples, independientemente de cuál sea el propósito, y la presencia misma, debido a la naturaleza del tamaño físico, el equipo, los movimientos y la llegada repentina, tienen un efecto sobre los habitantes naturales del entorno.

Nos guste o no, la presencia humana en el océano constituye una intromisión. Las formas de vida presentes en el lugar enfrentan consecuencias gracias a la torpeza o el descuido de los humanos así como también por sus acciones intencionales. Esto no es algo que se debe designar como bueno, malo o neutral, sino que es un hecho. Las acciones causan reacciones. Además de las actividades obvias, tales como la recolección de peces y caracoles, la pesca con arpón, la fotografía submarina y la alimentación o atracción de especies en particular, la interacción de los humanos con los ecosistemas marinos provoca efectos que son resultados directos de la presencia humana.


Caballito de mar pigmeo en Raja Ampat
Estos efectos pueden ser relativamente menores (perturbación o desplazamiento temporal), más evidentes (la interrupción de la alimentación o el apareamiento) o indefendibles (hostigamiento, lesiones o provocación de la respuesta de "lucha o huida" de una criatura). Las repercusiones más graves incluyen resultados fatales para la vida marina. Los buzos que se ven inmersos en la extraña belleza y complejidad del entorno de un arrecife pueden no reflexionar sobre cómo los habitantes de ese arrecife reaccionan frente a su presencia.

Podría decirse que Blue Corner es el punto de buceo característico de Palau; es una roca moderadamente superficial y una meseta de coral que sobresale de un arrecife costero periférico con un escarpado talud hacia aguas profundas. El lugar es famoso por su excelente visibilidad y una fuerte corriente que se desplaza de forma paralela al borde del arrecife. Ofrece a los buzos la posibilidad de ver bancos de muchas especies de peces diferentes, tales como barracudas, jureles, pargos y otros. Las tortugas marinas y los tiburones se desplazan en el mar azul, dentro del campo visual de un buzo. Este punto de buceo es un favorito para todos los gustos y la mayoría de los buzos salen a la superficie encantados con la experiencia y con un absoluto desconocimiento del impacto que pudieron haber tenido en el lugar.


Banco de barracudas en Blue Corner, Palau

Una vez de regreso a bordo del barco, mencionarán haber visto tiburones "naturalmente" merodeando en las aguas azules, y quizás incluso se jactarán de ello, a diferencia de otros lugares de buceo donde se utilizan olores para atraerlos y así superar la desconfianza natural de los tiburones. Pero al realizar una inspección más minuciosa se puede comprobar que esto es una ilusión. Si tiene pensado bucear en Blue Corner sin la compañía de otros buzos, descubrirá un lugar completamente diferente. Los bancos de brillantes barracudas plateadas que sólo pueden verse a la distancia durante un buceo con una gran circulación de buzos normalmente se encuentran en la placa arrecifal, sobre los barrancos de arena y concentrados entre las cabezas de coral. No están en el mar abierto, entre sus depredadores y lejos de los peces de los que pueden alimentarse. Lo mismo se aplica para los bancos de jureles y pargos. Estos son peces de arrecife, que por definición se inclinan naturalmente a permanecer en el arrecife. Incluso los tiburones estarían sobre la placa arrecifal merodeando entre las cabezas de coral, patrullando su territorio en busca de presas incautas.

Cuando un grupo de buzos se acerca a un arrecife, y avanzan con aleteos fuertes y decididos, los peces ven las formas físicas de los buzos y observan que las siluetas son diferentes a las de cualquier otro animal que probablemente pueda encontrarse en el mar. Los buzos tienen un tamaño considerable, que normalmente se relaciona con los depredadores, y tienen lo que parecen ser dos colas que se mueven hacia arriba y hacia abajo. Además también perciben el ruido. Quizás más que cualquier otro sonido que hacen los buzos, el gorgoteo y el burbujeo del aire que exhalan a través de los reguladores es incesante y muy fuerte. Esto es especialmente evidente para los animales con una sensibilidad acústica aguda, una adaptación común en un medio en el que el sonido viaja cinco veces más rápido que el aire. Cuando los buzos ingresan al mar "el mundo silencioso" es todo menos eso.


Un mundo en el que los peces se comen unos a otro en Raja Ampat
Al fuerte ruido se le agrega el efecto relacionado sobre el "sexto sentido" de un pez: su línea lateral. La línea lateral es un sistema de órganos sensoriales que los ayuda en la interacción depredador-presa, la percepción del espacio y la orientación. Transmite señales al cerebro del pez sobre objetos presentes en los alrededores y monitorea continuamente el entorno inmediato del pez, y es análogo en la práctica a una alarma de proximidad o los bigotes de los mamíferos.

Con estos sentidos combinados, los peces no sólo pueden ver la forma física de un buzo que se está acercando y escuchar el ruido que produce el equipo, sino que también pueden ver cómo las burbujas que emanan del regulador de un buzo flotan en dirección ascendente y se expanden a medida que ascienden y manifiestan la forma característica de una gran pirámide invertida por encima del buzo. En los centros de procesamiento sensorial del cerebro de un pez, este estímulo es por lo general lo suficientemente alarmante como para interrumpir su rutina y desencadenar su instinto de huir.

El desplazamiento de buzos puede tener resultados un poco trágicos con los peces que ponen huevos, que son sumamente activos y gastan una gran cantidad de energía para producir una nueva generación. Cuidan con esmero sus nidos de miles de embriones que se gestan dentro de frágiles huevos transparentes. Airean los huevos para asegurarse de que el agua rica en oxígeno los bañe y para evitar el crecimiento de algas y, lo que es más importante, defienden los huevos ricos en nutrientes contra los depredadores hasta que las crías rompan el cascarón.


Hembras territoriales como este gigante pez ballesta pueden proteger sus nidos agresivamente contra todos los visitantes.

Un gran pez ballesta bien podría defender su nido contra un buzo que accidentalmente cruce por su zona de protección. El buzo es percibido como un gran depredador por el pez ballesta, que es valiente e implacable a la hora de defender su territorio contra el desafortunado buzo. El pez ballesta nadará para enfrentar al buzo con una velocidad frenética y tal vez lo muerda con sus formidables dientes y sus potentes mandíbulas. No obstante, mientras el pez ballesta adopta una actitud ofensiva, los oportunistas consumidores de huevos como los lábridos, los peces cirujanos y los peces mariposa sacarán provecho de la grieta en la defensa. Se desplazan a toda velocidad para atracarse con los huevos que se encuentran momentáneamente vulnerables en un frenesí imperturbable, mientras el pez ballesta se encarga del buzo entrometido.

Se produce un resultado similar cuando un buzo se acerca demasiado para pescar como en el caso del sargento mayor. Estos peces ponen sus nidos de miles de huevos en las rocas y los protegen de los depredadores generalistas que estén cerca; pero en lugar de enfrentar a un buzo, el pequeño sargento mayor huye en aras de la autopreservación, y así renuncian a su función de protección como guardianes. Los oportunistas se mueven en manada de inmediato y saquean con glotonería. En estas situaciones, las próximas generaciones de peces se ven afectadas por una intrusión involuntaria.

Los buzos que son más observadores y que tienen un mayor conocimiento de la situación, que pueden interpretar mejor el arrecife y el comportamiento de sus habitantes, y que tienen conciencia de su impacto sobre esos habitantes pueden tomar medidas para evitar interferir o al menos minimizar los efectos de su presencia.

Los buzos han estado frecuentando algunos lugares por 30 años o más y algunos animales han resuelto cómo usar a los buzos para su propio beneficio. Esto es especialmente evidente durante los buceos nocturnos en algunos puntos consolidados del mar Rojo. Mientras el buzo nada en la perfecta oscuridad de la noche con su linterna iluminando hallazgos aquí y allá, una mirada a la periferia del haz luminoso revelará la presencia de uno o más peces león encantados de que un buzo les señale a los peces que están durmiendo y pueden ser devorados. Lamentablemente, estas situaciones se han convertido en algo inevitable a menos que se decida renunciar al buceo nocturno completamente.


Una estación de limpieza en Alcyone, isla Cocos
Algunos buceos planificados son decisiones indiscutiblemente conscientes de crear situaciones que pueden afectar las vidas de los animales. Entre ellas se pueden mencionar las visitas a las estaciones de limpieza. Las estaciones de limpieza son puntos en particular en un arrecife que constituyen el hogar de diversas especies de lábridos de conducta gregaria, quienes utilizan su nicho en el arrecife para alimentarse de parásitos externos de los cuerpos de mantarrayas y otros peces grandes.

Es muy fácil racionalizar esas excursiones como un hecho no demasiado invasivo. Con una cuidadosa planificación, una instrucción aceptable, una mínima cantidad de habilidades, una buena técnica de respiración y un poco de suerte, los buzos pueden observar el comportamiento de limpieza: un acuerdo simbiótico fascinante entre enormes mantarrayas y diminutos lábridos. Por lo general, la observación del fenómeno de la limpieza puede lograrse si es llevada a cabo por un pequeño grupo de participantes que minimicen sus siluetas e intenten integrarse con el arrecife, mantengan un bajo perfil, minimicen los movimientos al máximo, respiren lentamente, dejen un pasaje abierto para que las mantas se acerquen y se marchen y permitan que transcurra el tiempo suficiente para que las mantarrayas se acostumbren a las burbujas. Es posible que las mantarrayas, que normalmente son cautelosas, a la larga superen sus instintos de evitar a los depredadores y acepten la presencia de los intrusos para que les quiten los parásitos. Pero si otro grupo de buzos llegara a la estación de limpieza mientras los miembros del primero permanecen inmóviles y respetan el nivel de comodidad de los animales, como sucede con demasiada frecuencia en las Maldivas e Indonesia, las mantas se escaparán hacia el mar abierto y se mantendrán alejadas de la estación de limpieza.


Una estación de limpieza de mantarrayas en Raja Ampat

Algunos pueden conjeturar que las mantas podrían buscar otra estación de limpieza desconocida para los buzos; tal vez eso sea cierto, pero no tiene en cuenta las necesidades calóricas de los lábridos que prestan el servicio de limpieza. Si no se pueden alimentar de los parásitos de las mantarrayas porque los buzos mantienen a las mantas lejos de esas estaciones de limpieza, ¿los lábridos pasarán hambre y finalmente morirán? Debido a que la mayoría de los peces son territoriales, parece poco probable que pequeños lábridos forzados a migrar de su estación de limpieza como consecuencia de la presión de los buzos sean bien recibidos por los lábridos de otra estación de limpieza.

En lo que respecta a hallar criaturas enigmáticas, es un hecho que se producirá una intrusión. La fascinación por los caballitos de mar pigmeos es un escenario bien conocido en las embarcaciones de buceo. Existen muchas especulaciones sobre si factores como la invasión constante, las luces o la fotografía tienen un efecto perjudicial sobre los diminutos miembros de la familia de los caballitos de mar. En un viaje dentro de un área donde hay caballitos de mar pigmeos, es inevitable que un guía de buceo lo señale con un puntero, una lupa o sus dedos para identificar a un caballito de mar de 0,6 centímetros (0,25 pulgada) apoltronado en las ramas de un coral de abanico (Gorgonia ventalina). Es raro que el guía, en el proceso de hacer lo que se espera de él, no toque la gorgonia para que los pólipos similares a una flor se retraigan para así mejorar la vista del caballito de mar. El efecto de esta invasiva costumbre sobre el caballito de mar pigmeo es evidente, pero el efecto que se pasa por alto es que los pólipos se retraen mucho más de lo que lo harían naturalmente y cuando lo hacen el coral no puede alimentarse. Además, estas interacciones humanas pueden destruir el limo protector que cubre al coral de abanico, lo que posiblemente lo debilita y lo hace susceptible a las enfermedades.

La práctica de snorkeling también puede tener un efecto del observador, como me lo recuerdan a menudo cuando exploro ciertos arrecifes costeros del mar Rojo. Existe una bahía poco profunda donde los turistas son trasladados diariamente en una docena o más barcos para realizar safaris, y cada uno lleva hasta dos docenas de turistas, para practicar snorkeling entre los corales y peces de la bahía y ver tortugas marinas verdes que se alimentan de algas marinas en las aguas poco profundas cerca de la costa. No es poco común ver a más de 100 personas dispersas por toda la bahía al mismo tiempo. Si bien se les informa en briefings (exposiciones informativas) que no toquen ni se paren sobre los corales ni que entren en contacto con las tortugas marinas, con tantas personas se producen excepciones todos los días y los transgresores obvios se comportan espantosamente. Cuando se las deja tranquilas, las tortugas se alimentan de algas marinas durante largos períodos, salen a la superficie para respirar y continúan todo el día; cuando se las molesta, las tortugas se alejan lenta pero deliberadamente.

Otra situación desafortunada y que no resulta poco frecuente en la región se produce cuando el único dugongo (o dugón) del área se encuentra en la bahía, también alimentándose de algas marinas, y se da aviso a la multitud de turistas, quienes estallan en gritos y alaridos. Este dugongo, que es conocido a nivel local como Dyson, tiene un comportamiento poco característico para un dugongo, una especie que por lo general es escurridiza y retraída. Dyson es tolerante con los humanos que invaden las áreas donde se alimenta, pero hasta Dyson tiene sus límites.

Lo que comienza como un deseo genuino de observar a un mamífero marino relativamente raro, grande, carismático e inofensivo en su entorno natural se degenera rápidamente en una escena salida directamente de una película de terror. En lugar de mantener una distancia respetuosa y flotar pasivamente por encima del animal mientras se alimenta bastante ajeno a su presencia a unos 4,5 a 6 metros más abajo, las personas que practican snorkeling aletean y mueven los brazos enérgicamente, y se empujan unos a otros, patean, se dan codazos, se arañan e incluso se trepan unos sobre otros para estar directamente por encima del animal o junto a él cuando sale a la superficie para respirar.

El dugongo arranca y mastica intensamente algas marinas a la vez que escupe nubes de arena al hacer surcos en el blando lecho marino. La estricta dieta de algas marinas del dugongo requiere una desorbitada cantidad de alimento, ya que las algas ofrecen muy pocos nutrientes. Por consiguiente, los dugongos, al igual que sus primos terrestres, los elefantes, deben comer constantemente para desarrollarse.

Cuando los humanos motivados por la excitación o una lamentable necesidad de alardear comienzan a acosar al dugongo que se está alimentando (o intentan tocarlo, agarrarlo o montarlo) y a amontonarse a su alrededor cuando sale a la superficie para respirar, su comportamiento cambia. Dyson no sólo es hostigado, sino que es perseguido y perturbado activamente al punto que ya no puede alimentarse. El resultado final es que Dyson se aleja de la bahía nadando enérgicamente y deja a los crédulos humanos gritando y felicitándose unos a otros en la estela que deja el animal. Estos buzos llevaron al límite el acto de observación y lo convirtieron en un acto de hostigamiento y el resultado para el dugongo es que no puede alimentarse donde necesita hacerlo y debe gastar valiosa energía en busca de un lugar donde pueda alimentarse en paz, o puede morir en el intento.

La posibilidad de interactuar con vida marina es tal vez el aspecto más irresistible y adictivo de sumergirse en las aguas del mar, pero debemos aceptar que cada una de nuestras acciones en ese entorno probablemente tenga consecuencias para la vida presente en el lugar. Este es un aspecto inevitable de sumergirnos en un mundo del que no somos parte naturalmente. Cada individuo debe decidir qué tipo de impacto está preparado a enfrentar.

En muchos lugares, los animales que muy probablemente interactuarán con los buzos son los mamíferos marinos. Este no es un suceso tan común como debería ya que las leyes de muchos países prohíben a los humanos acercarse a los mamíferos marinos, particularmente las ballenas y los delfines. Pero para aquellas personas que estén dispuestas a viajar a lugares donde las normas son menos estrictas, las recompensas de las interacciones con mamíferos marinos son fabulosas. En México, las islas Galápagos y el sur de Australia, entre otros lugares, los leones marinos pueden ser curiosos y juguetones. Algunos leones marinos buscarán interactuar con humanos arrastrados por la corriente y para ello morderán suavemente las aletas o la capucha del traje de neopreno de un buzo o nadarán dando vueltas y giros alrededor de un buzo.


Una cría de ballena jorobada le echa un vistazo a la cámara en Tonga.
Al viajar a uno de los pocos lugares donde está permitido nadar con ballenas y delfines, la oportunidad de vivir experiencias realmente mágicas es una clara posibilidad. En el Reino de Tonga, por ejemplo, es legal nadar con ballenas jorobadas cuando se visita el lugar con un operador autorizado y en compañía de un guía autorizado. Cada año, las ballenas jorobadas migran desde la Antártida para aparearse y parir en las aguas tropicales del Pacífico Sur. La temporada de ballenas tiene una duración de cuatro meses y durante ese período una cría de ballena recién nacida conoce el mundo a su alrededor mientras crece 2,5 cm (1 pulgada) y 45 kg (100 libras) por día al alimentarse de leche materna rica en nutrientes y se fortalece para el largo viaje de regreso a las aguas de la Antártida al final de la temporada. Durante este período, cada madre vigila a su bebé pero le da a la joven ballena un poco de libertad para explorar el nuevo mundo. Las crías pueden ser curiosas y dejarán la protección de sus madres para investigar cosas extrañas, y para una ballena recién nacida hay probablemente pocas cosas más extrañas que humanos practicando snorkeling en el impetuoso mar. Los buzos son torpes y también lo son las crías de ballena jorobada que están aprendiendo a nadar, zambullirse y salir a la superficie.

Si tiene suerte, mientras flota junto a una ballena jorobada de unos 14 metros (45 pies) con su cría bajo la sombra de su cuerpo, el gran ojo del animal se fijará en su mirada decidida a unos pocos metros de distancia e instantáneamente comprenderá que ha establecido contacto visual. Es posible que el acontecimiento esté acompañado de estremecimiento, hormigueo y escalofríos. No hay forma de saber lo que la ballena está pensando, pero es posible que haya un pequeño reconocimiento de una especie similar. Este reconocimiento que se observa en los ojos de cualquier animal nos conecta con el mundo natural del que nos hemos distanciado cada vez más. Cuando un mamífero marino inicia una interacción con una persona, se produce un efecto, una conexión entre especies, incluso si dura sólo un momento.

Cuando un animal con una inteligencia diferente a la nuestra, que vive en un mundo tan diferente al nuestro, supera voluntariamente su instinto de "lucha o huida" y se acerca para mirar más detenidamente a los extraños animales humanos en un entorno acuático en el que no están preparados para sobrevivir, una cosa es segura: el animal es el observador y tiene un efecto sobre nosotros.


© Alert Diver — 4to Trimestre 2013