El camino de los dragones, parte 1




Dragón de agua (Phyllopteryx taeniolatus), variación de Tasmania


Pese al ocasional avistamiento de canguros, nuestro viaje por carretera hacia el sur desde Adelaida por la península de Yorke en el primer tramo de un viaje de un mes por Australia me trajo recuerdos de la Florida en la década de 1960, cuando los viajes por carretera y el buceo con aire comprimido eran prácticamente sinónimos. Cincuenta años más tarde los principios básicos afortunadamente seguían siendo los mismos: un grupo de amigos compatibles con un deseo de aventura se metieron a presión en una camioneta e iniciaron un viaje para ver diferentes partes del mundo. Pero en lugar de explorar las aguas cálidas locales, en esta oportunidad nuestro grupo compuesto por cinco personas estaba en busca de las legendarias criaturas marinas que habitan las heladas aguas del océano Antártico a medio mundo de distancia.

Realizamos nuestros primeros buceos en Edithburgh, un pequeño poblado costero con un largo embarcadero que fue construido durante el período victoriano para el mercado de trigo de la región. En la actualidad la estructura de 168 metros (550 pies) de largo atrae a muchos más buzos y pescadores que granjeros, y con justa razón: su bosque submarino de pilotes, como los de docenas de muelles comerciales similares salpicados en la costa desde allí hasta Sídney, es el principal hábitat para muchas de las criaturas marinas más famosas de Australia, incluidos los dragones de mar.


Dragón de agua (Phyllopteryx taeniolatus)
Mientras esperábamos nuestro turno para lanzarnos del muelle, nos sentíamos como novatos dentro de flamantes trajes secos. Anna, la primera en ingresar al agua, salió a la superficie, hizo la seña para indicar que todo estaba bien y, como una profesional, desapareció. Inspirado, me lancé con una voltereta y me ubiqué sobre la arena enfrente de Anna, que hacía señas tempestuosamente. Cuando las burbujas comenzaron a desaparecer seguí su dedo que apuntaba hacia un calamar de pijama rayado blanco y negro del tamaño de un panecillo que estaba ubicado en el pasto junto a su rodilla. Desde que supimos de la existencia de este animal quisimos ver uno y en menos de dos minutos bajo el agua ya habíamos estado cara a cara con esta celebridad del océano Antártico. El pequeño cefalópodo era apenas el comienzo. Antes de irnos de Edithburgh pasamos tiempo con un tiburón pintarroja colilargo de manchas blancas, un elegante pez vaca, un pez cofre jorobado, un pulpo de anillos azules y abundantes caballitos de mar.

Tras nuestro gran éxito regresamos a Adelaida, donde llenamos nuestros tanques antes de dirigirnos hacia el sur una vez más. Esta vez recorrimos el país del vino camino a Rapid Bay Jetty, donde una población de dragones de mar foliáceos ha vivido durante años. Richard divisó el primer dragón y Wendy vio otro. Nos reunimos en torno a ellos, inclinados hacia adelante, fascinados. La evolución lenta de uno de los animales más extraños de la Tierra comenzó hace 40 millones de años cuando los ancestros de los caballitos de mar abandonaron su estructura de fijación para convertirse en depredadores nómades de crustáceos mísidos. Con el tiempo adquirieron las características foliares que se asemejan a los jardines de kelp musgoso donde viven sus diminutas presas.


Dragón de mar foliáceo (Phycodurus eques)


Ya sin conciencia del frío, observamos al adornado pez de cuento de hadas que se desplazaba un poco a la deriva y otro poco con movimientos de vals por su universo ondulante. De vez en cuando se deslizaban hacia una multitud de mísidos y los succionaban uno a uno a través de sus picos alargados.

El paisaje es una gran parte de los viajes por carretera y nuestro recorrido nos llevó por la carretera Great Ocean Road, una extravagancia turística de dos días que termina con un viaje en ferry por el río Yarra hasta Portsea, una encantadora comunidad costera situada 96 km (60 millas) al sur de Melbourne. Nos dirigimos inmediatamente a Flinders Jetty, donde dragones de agua, el segundo de los tres miembros de la familia conocidos, pasan el rato. Incluso con condiciones tempestuosas encontramos dragones de agua: elegantes, jorobados y con largas colas. Anna y nuestro amigo Yann pensaron que se veían como canguros.

Cuando regresábamos a la escalera Yann señaló hacía una ramita que flotaba a la deriva, una entre cientos de trocitos de desechos similares. Justo cuando empecé a descifrar qué estaba señalando, la ramita desapareció en el pasto. Yann se zambulló para perseguirlo y, milagro de los milagros, sacó un dragón de agua bebé del tamaño de un palillo en la palma de la mano. El animal de hocico corto y ojos saltones similar a una ramita no podía tener más de unas pocas semanas de vida.


Dragón de agua joven (Phyllopteryx taeniolatus)


Cualquier animal que tiene una apariencia tan poco convencional como un dragón de mar también debe tener una vida sexual poco convencional. A diferencia de la mayoría de los peces marinos, que se reproducen mediante la liberación espontánea de miles de diminutos huevos en el mar abierto, los dragones de mar incuban a sus grandes huevos sujetos a las colas de los machos por un mes. En lugar de alejarse con las corrientes, los recién nacidos de gran tamaño y bien nutridos de los dragones de mar tienden a permanecer cerca de su hogar, lo que sustenta las poblaciones locales.

A finales de la semana volamos hacia el sur a Hobart en el sur de Tasmania, donde en un jardín dorado de algas marinas debajo de imponentes acantilados localizamos a la versión de Tasmania del dragón de agua. Es más grande que su contraparte continental (alcanza los 35 cm [14 pulgadas]) con un cuerpo con placas óseas de color rojo y dorado salpicado de lunares; es tan inusual, majestuoso. Tan sólo observar al dragón de agua local valió la pena nuestra excursión adicional a Hobart, pero aparentemente había otra preciada pieza de trabajo evolutivo que acechaba en el estuario de Derwent. Y acabábamos de recibir una pista sobre dónde podríamos encontrarlo.

© Alert Diver — 3er Trimestre 2017