EDC grave en el Pacífico Sur




Tras realizar varios buceos en fuertes corrientes que incluyeron un descenso no controlado, un ascenso rápido y un gran esfuerzo, June Evans experimentó síntomas graves de una enfermedad por descompresión (EDC).


Soy una mujer de 61 años de edad que gozo de un buen estado físico. He registrado alrededor de 400 buceos y soy muy meticulosa con respecto a la planificación y la seguridad durante el buceo. En un viaje reciente al Pacífico Sur, tuve una experiencia que no querría volver a atravesar sin el respaldo de DAN®.

Casi inmediatamente después de ingresar al agua para realizar el primer buceo del segundo día de nuestro viaje, mi esposo, Michael, nuestro guía de buceo y yo quedamos atrapados en una fuerte corriente descendente que rápidamente nos arrastró a una profundidad de 29 metros (96 pies). Inflamos nuestros chalecos compensadores y aleteamos enérgicamente para detener el descenso. Por fortuna pudimos escapar de la corriente descendente, pero luego nos encontramos en medio de una corriente ascendente que rápidamente nos llevó de regreso a la superficie. Este buceo duró menos de tres minutos.

En contra de nuestra intuición, seguimos las directivas de nuestro guía, ingresamos nuevamente al agua y realizamos un buceo a 22 metros (71 pies) durante 57 minutos. Después del desayuno y un largo intervalo de superficie, pasamos otros 67 minutos entre el coral más hermoso que habíamos visto, buceando a una profundidad máxima de 24 metros (80 pies). En nuestro tercer buceo, después del almuerzo y otro largo intervalo de superficie, nos encontramos con más corrientes fuertes. Nadamos enérgicamente para llegar a un pináculo, en ocasiones aleteando con fuerza pero sin lograr ningún avance. El guía de buceo había tomado mi mano y me había arrastrado un poco. Una vez que llegamos al pináculo, nos sujetamos con nuestros ganchos para arrecife y tuvimos un poco de respiro. Tuvimos el placer de disfrutar de bancos de tiburones y miles de peces hermosos, pero este buceo aun así fue una experiencia que implicó 47 minutos de esfuerzo.

Volvimos a la embarcación de buceo a aproximadamente las 4 de la tarde y en cuestión de un instante sentí un dolor agudo en el cuello y el hombro. Sabía que algo estaba mal. Pronto no podía mover el brazo, la mano ni los dedos del lado izquierdo del cuerpo. Los miembros de la tripulación me administraron oxígeno y consideraron la posibilidad de que se tratara tanto de una enfermedad por descompresión (EDC) como de un accidente cerebrovascular. El director de crucero se comunicó con DAN, donde recomendaron que el barco diera la vuelta e iniciara el viaje de cuatro o cinco horas de regreso a la costa. Felizmente, uno de los pasajeros era un obstetra y otro un enfermero. Me reconfortaron y me ayudaron mucho mientras controlaban mi condición durante el viaje de regreso.

Cuando finalmente arribamos, tuve que subir a una pequeña lancha en medio de un fuerte oleaje y una lluvia torrencial. En la costa nos encontramos con un taxi, que imaginamos nos llevaría a la clínica más rápido que una ambulancia. Miembros de la tripulación le mostraron a Michael cómo cambiar los tanques de oxígeno en el trayecto.

Iniciamos el viaje de tres horas durante la noche al hospital por un camino con curvas bajo una lluvia intensa. En ese momento fue cuando las situación realmente comenzó a asustarme: durante el viaje en auto, ambas piernas se me durmieron por completo. Comenzó en mis pies y avanzó hacia arriba. Me quedé en silencio, pensando en cada persona que conocía y diciendo una despedida silenciosa a cada una de ellas mientras lágrimas que se deslizaban por mi rosto.

Cuando llegamos a la clínica, el médico y el enfermero que operaban la cámara no estaban en el lugar. Miembros del personal nos dijeron que el médico no llegaría hasta la mañana, por lo que miré a Michael y le dije: "comunícate con DAN". Él hizo lo que le pedí, pero no sin antes insistir en que el médico experto en medicina hiperbárica fuera al hospital de inmediato.

El médico llegó un rato más tarde, alrededor de las 2:30 de la mañana, y le dije que me dolían las articulaciones, que tenía dolor de cabeza, que no podía mover el brazo ni la mano del lado izquierdo y que tenía ambas piernas entumecidas. Dijo que me colocaría en la cámara por la mañana después de que el enfermero que la operaba llegara, a eso de las 9:30 de la mañana.

Durante la conversación de Michael con DAN, el miembro del personal médico le informó que la cámara donde nos encontrábamos no había cumplido con las actualizaciones recomendadas. En base a lo que había escuchado y visto, Michael decidió poner en marcha una evacuación. DAN puso a Michael en contacto con un médico experto en medicina hiperbárica de Brisbane, Australia, que le dijo que no debía ingresar a esa cámara. Michael trabajó sin parar junto con DAN y el gerente del centro turístico de buceo desde esa noche hasta la tarde del día siguiente para organizar el traslado a Auckland, Nueva Zelanda.

Volé a Auckland a bordo de una ambulancia aérea, que estaba presurizada a nivel del mar. El vuelo duró cuatro horas y media y llegué al hospital naval cerca de la media noche. En ese momento todo el lado izquierdo de mi cuerpo no respondía, y yo había pasado 32 horas sin comer ni dormir desde el inicio de los síntomas. Y aún tenía sal del buceo en mi cuerpo. El médico me dijo que el prolongado retraso en el inicio del tratamiento podría traducirse en una recuperación larga, difícil o incluso incompleta. Rompí en llanto frente a la posibilidad de un futuro sombrío. Sin perder un instante, el médico rápidamente me evaluó y me colocó en la cámara.

Cuando salí a la mañana siguiente, casi seis horas más tarde, podía mover la mano y doblar el brazo. El pronóstico estaba mejorando.

Esa misma tarde regresé a la cámara para someterme a otra sesión de dos horas. Esta vez los resultados fueron incluso mejores, ya que podía ponerme de pie con ayuda y mover la mano y el brazo.

Continué con la terapia en cámara hiperbárica durante el fin de semana y recibí mi séptimo tratamiento a la mañana del lunes siguiente. Para ese entonces ya caminaba con supervisión pero sin ayuda. Sentía, y aún siento hoy, un cosquilleo en la pierna izquierda. Un neurofisiólogo trabajó conmigo en mi fuerza, coordinación y equilibrio. Estos problemas continuaron por semanas, pero yo hacía mis ejercicios con diligencia. El médico dijo que la recuperación de los nervios dañados podía demorar de semanas a meses.

Estoy profundamente agradecida de estar viva y poder moverme con normalidad. Amo a mi esposo y a mi familia más de lo que puedo expresar en palabras y nunca daré por sentada su existencia. Cuando viaje al exterior, me comunicaré con DAN por adelantado para conocer la ubicación de la cámara hiperbárica más cercana que ofrezca tratamiento a buzos. (Nota: DAN alienta a los buzos a primero dirigirse al centro médico más cercano y no a la cámara hiperbárica que esté más cerca ya que no todas las cámaras aceptan tratar a buzos ni tienen personal presente las 24 horas).

Nunca ingrese al agua con un tanque en su espalda si no tiene un seguro de DAN. En DAN nos ayudaron a atravesar este calvario sin contratiempos: se pusieron en contacto con un médico y nos llamaron constantemente durante la primera noche. Nos ayudaron a tomar decisiones. Ayudaron a Michael a obtener vuelos a Nueva Zelanda y le consiguieron hospedaje allí. DAN proporcionó cobertura y pagó el 100 por ciento de los gastos admisibles. Muchas gracias, DAN.
Comparta su historia
¿En DAN le han brindado algún tipo de ayuda? Cuéntenos su experiencia a través de ThereForMe@dan.org.

© Alert Diver — 3er Trimestre 2017