Aguas oscuras

Los buzos de la policía descienden a nuevas profundidades en busca de justicia.


El sargento David Mascarenas sale después de realizar una de las recuperaciones de evidencia más extrañas y peligrosas en la historia del buceo de la policía: la búsqueda de un arma asesina en el Rancho La Brea.


El sargento David Mascarenas estaba bañado de sudor debajo de un traje seco Whites para materiales peligrosos. Era un día soleado de junio de 2013 en el sur de California, pero no era el calor lo que lo estaba molestando. Mascarenas, supervisor de buceo de la Unidad de Buceo del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD, por sus siglas en inglés), estaba por descender a una de las escenas de evidencia criminal más peligrosas e inusuales a las que jamás había ingresado un buzo de la policía: el Rancho La Brea.

Los pozos de alquitrán eran un sumidero burbujeante de desagradables desechos y una trampa mortal para criaturas tales como mamuts lanudos y tigres dientes de sable; incluso habían alojado los restos óseos de un humano de 9.000 años de antigüedad. En la actualidad son una popular atracción turística en el tramo del centro del famoso Wilshire Boulevard de Los Ángeles pero también, según creían los policías, la posible ubicación de un arma asesina contemporánea y otra evidencia crucial en un famoso caso.

Mascarenas tiene un espíritu aventurero. Nació en el asiento trasero del automóvil de su padre mientras se dirigía a toda velocidad por la Autovía Hollywood en dirección al hospital. Había sido soldado en el ejército y se había desempeñado en prácticamente todos los puestos del LAPD, desde la unidad antipandillas hasta la patrulla motorizada. ¿Pero bucear en enormes cantidades de fango verde viscoso y gas metano que era como arenas movedizas y que mató a criaturas 20 veces más grandes? Eso era una locura, y él lo sabía incluso antes de zambullirse.

"Pensé que no iba a lograrlo, que quedaría atascado y que no podrían rescatarme", comentó Mascarenas. "De hecho quedé tan atorado dos veces que efectivamente fue necesario sacarme. Tuvieron que tirar tan fuerte que pensé que se me estaban rompiendo las costillas". El gas era incluso más peligroso que el fango. "Tenía la válvula de aire ambiental abierta y el metano ingresó por allí", continuó. "Tuve que cerrarla de inmediato porque sentí mareos y náuseas".

Pero él también sabía que no podía renunciar. Si tenía éxito podría ayudar a capturar a un asesino.

Durante dos semanas él y sus colegas habían planificado y se habían preparado para este momento, pero el plan dio un vuelco total cuando ingresó al agua. El buceo de siete minutos que había planificado se convirtió en uno de 77 minutos y descendió a más del doble de la profundidad máxima de 2,4 metros (8 pies); su profundímetro falló a los 5 metros.

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Para los ladrones, contrabandistas, violadores o asesinos una masa de agua puede parecer un cómplice silencioso, un lugar irresistible para deshacerse de un arma o un cuerpo. Una vez que se hunde bajo la superficie, es posible que crean que la posibilidad de que los atrapen también se desvanezca; y hasta hace muy poco tal vez tenían razón.

Pero los avances en las tecnologías de buceo, de sonar y otras tecnologías marinas, junto con una evolución en el pensamiento sobre la función de los buzos de la policía, de recuperadores de evidencia glorificados a investigadores submarinos con una capacitación sólida, les han brindado a los cuerpos de seguridad las herramientas y habilidades necesarias para hacer justicia independientemente de las consecuencias.

Los buzos de la policía han ampliado el alcance de la justicia. Un ejemplo es la historia de Stephen Griffiths, que se autodescribió como el "caníbal de la ballesta", un sicópata de 40 años de edad condenado por matar a tres mujeres en Bradford, Inglaterra, entre 2009 y 2010, y que le disparó a una de ellas en la cabeza con una ballesta cuando intentaba escapar de su departamento. Descuartizó a las víctimas en su bañera y alegó que se había comido partes de los cuerpos de las tres.

Después de encontrar 81 partes de cuerpos en el río Aire cerca de la casa de Griffiths, una investigación de seguimiento realizada por buzos de la policía de West Yorkshire descubrió un bolso de tela de color negro lleno de cuchillos, sierras para metal, cuchillas de afeitar y una pequeña parte de una columna vertebral humana. El descubrimiento ayudó a conectar a Griffiths con los asesinatos, quien fue condenado a cadena perpetua.

Además de crímenes violentos, los buzos de la policía también ayudan a detener el contrabando de drogas, participan en operaciones antiterrorismo, recuperan vehículos abandonados e incluso documentan negligencia criminal. Un caso reciente donde los buzos de los cuerpos de seguridad tuvieron un rol importante es el del crucero Costa Concordia. Cuando su capitán intentó realizar una maniobra para alardear cerca de la costa de la isla del Giglio, Italia, en enero de 2012, en su lugar lo volcó parcialmente en un arrecife, suceso donde 32 personas perdieron la vida. En las operaciones de búsqueda, recuperación y rescate que se realizaron a continuación, un buzo de rescate español murió cuando un pesado trozo de metal que se había desprendido del buque cayó sobre él, un sangriento ejemplo de los peligros a los que se enfrentan los buzos de la policía y otros buzos profesionales al hacer su trabajo.


Los buzos de la policía de Miami-Dade a menudo recuperan autos sumergidos: los propietarios tiran sus vehículos y luego informan que han sido robados en un intento por estafar a las compañías de seguros.
El hombre que se considera es el padrino del buceo de la policía de hoy en día, Michael Berry, es un humilde ciudadano de Killeen, Texas, de 57 años de edad. Berry, un veterano de muchos años de la Policía Estatal de Virginia y el comandante de operaciones de su equipo de búsqueda y recuperación, es el autor de The Water's Edge: A Manual for the Underwater Criminal Investigator (La orilla del agua: un manual para el criminalista submarino). Muchas organizaciones policiales atribuyen al libro de Berry y a su empresa, Underwater Criminal Investigators, la ayuda para identificar y estandarizar el conjunto de habilidades únicas que se ha usado para capacitar a una nueva generación más eficaz de buzos de la policía de todo el mundo.

The Water's Edge destaca una de las partes más desagradables del trabajo de los buzos de la policía: la recuperación de cuerpos, que a menudo son irreconocibles como consecuencia de la descomposición acelerada. El buen estómago y el sentido de empatía de Berry lo ha destacado del resto. "He perdido la cuenta de cuántos (cuerpos) he recuperado en mi carrera", dijo durante un receso en una de sus sesiones de capacitación. "Nunca me causa molestias y nunca tengo pesadillas. Antes de iniciar una tarea rezo: 'Señor, te pido que me ayudes a encontrarlos, protégeme y permíteme ponerle punto final a esto'".

Cuando Berry encuentra el cuerpo de una víctima, cuenta que hace una pausa y le habla al cuerpo antes de llevarlo a la superficie.

"Incluso a los niños, cuando los encuentro les hablo; están perdidos. 'Te tengo,", digo, 'y ahora te llevaré a casa'".

Berry ha participado en más de mil investigaciones penales bajo el agua y si bien todas conllevan un cierto riesgo, una de ellas casi termina con su vida.

En 1989, durante un buceo de recuperación en una cantera en Culpeper, Virginia, Berry se sumergió en algo que no parecía correcto. Incluso con el regulador en la boca, dijo que podía darse cuenta de que el agua estaba contaminada.

Una hora después de salir del agua Berry tenía un punzante dolor de cabeza. Desarrollo un tipo de meningitis que lo dejó postrado en cama por casi dos meses. Cuando finalmente se recuperó usó su propia experiencia para ayudar a garantizar la seguridad de otras personas, y presionó a sus jefes de la Policía del Estado de Virginia para que invirtieran en máscaras que cubren la totalidad de la cara y sistemas de comunicación submarinos para cada miembro de su equipo.

"Mi departamento comenzó a escucharme después de eso", comentó Berry. "Todo cambió, incluida mi actitud. Basta de búsquedas desesperadas; vamos a convertirnos en investigadores penales submarinos". El suceso le dio al equipo de buceo el respeto de los detectives que nunca han abandonado tierra firme.


Al igual que la mayoría de las unidades de buceo, la Unidad de Buceo del LAPD comenzó de forma no oficial, compuesta de oficiales con certificaciones de buceo y muy poca capacitación de otro tipo.


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De regreso en los pozos de alquitrán, junto a la Unidad de Buceo del LAPD había miembros del Departamento de Bomberos de Los Ángeles, la Policía Portuaria de Los Ángeles y la Policía de Long Beach así como también científicos geológicos, expertos en buceo e incluso representantes de fabricantes de equipos.

"Les pregunté a todos los expertos que estaban en el lugar si en realidad sería posible bucear en pozos de alquitrán", manifestó Mascarenas, "pero todos dijeron que no, que el equipo no funcionaría por los químicos, la contaminación, los gases, la temperatura, etc. Los pozos de alquitrán emiten burbujas de metano, que son tóxicas e inflamables. No podíamos usar un vehículo operado remotamente (ROV, por sus siglas en inglés) ya que cada articulación emite una pequeña chispa, lo que podría provocar una explosión".

Mascarenas les había preguntado a buzos de otras agencias e incluso a dos miembros de su propio equipo si querían realizar el buceo. Todos ellos se negaron a hacerlo, entonces supo que debía ingresar él para recuperar evidencia posiblemente crucial en el caso.


Se puso un traje seco, una capucha, guantes y una máscara que cubría la totalidad de la cara y se colocó todo el equipo que incluía un sistema de comunicación entre el buzo y la superficie conectado por cable. Respiraría aire suministrado desde la superficie, pero también llevaría su propio suministro de gas, y estaría sujeto con una soga en caso de que quedara atascado. Cuando finalmente se sumergió cerca del área de búsqueda objetivo, se sorprendió con la textura y el calor del líquido.


El equipo de superficie que participó en el buceo del Rancho La Brea incluía miembros de diversos departamentos de policía, expertos en buceo y científicos geológicos.


"Era la consistencia más extraña que puedo describir, como si fuera pudín; en algunos lugares tocaba e instantáneamente quedaba atascado, en otros podía dar golpecitos y avanzar", comentó Mascarenas. "No podía ver nada, sólo una tonalidad verde. Si movía la mano lentamente junto a mi máscara podía percibir una sombra".

Descubrió que los pozos no tenían una única consistencia sino que había capas de alquitrán con bolsillos de agua entre ellos. También había columnas de gas metano que se extendían hasta la superficie. Podía aletear lentamente a través de las capas de agua, pero cuando tocaba una columna de metano se desgarraba y el equipo y la máscara quedaban cubiertos de alquitrán.

A pesar de los obstáculos comenzó a explorar el área con sus manos y finalmente halló algo duro en la sustancia viscosa; luego encontró otro objeto. Se sentían como lo que los detectives le habían dicho que debía buscar (como el caso aún no está cerrado el LAPD no revelará específicamente qué encontraron.

"Le dije al equipo de superficie que estaba llevando algunos objetos y ellos tenían recipientes listos para recibir la evidencia", manifestó Mascarenas. "Estaba exultante; era como lograr algo que nunca antes se había conseguido".

Y tenía razón. Si bien el caso aún no está oficialmente cerrado, los oficiales de los cuerpos de seguridad tienen sospechosos detenidos. Con la evidencia que Mascarenas recuperó de los pozos de alquitrán ahora hay más posibilidades de lograr una condena y que se haga justicia, desde las profundidades de uno de los entornos líquidos más formidables del planeta.
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Vea un informe sobre la búsqueda de evidencia en el Rancho La Brea y una entrevista con el sargento David Mascarenas después de su buceo allí.




© Alert Diver — 3er Trimestre 2015